26.7.08

Historia de Futbol

Publicado en el Siglo de Torreón el 27 de julio de 2008. Versión publicada aqui.
La final. Ultimo juego del campeonato. Y cerca del estadio Guioco Piano frotaba sus manos y extendía la bandera a lo largo de sus hombros. Era un superhéroe salvando colegas con capa verdiblanca lista para las lágrimas. Detrás de un árbol algo de orina espumosa, antes de apurarnos a correr en parvada con ademanes de simio, golpeando los cofres de los autos, algún poste, en la típica ansiedad del hincha que recorre estacionamientos al cuarto para las doce. “Apúrense”, alguien gritaba de nuevo.
Hacía años que no veníamos los cuatro juntos a la cancha. La tarde ahora era fresca, especial para pegarle de tres dedos, algo de hoja muerta, y el esférico rodando por la pradera izquierda; era la tarde especial para campeonar. Precisamente por ello apurábamos el paso, y detrás de mi corría Benoni, revisando el número de acceso, la puerta indicada, consciente de que en las tardes de fútbol abundan los gandallas, los pasados de lanza que aprovechan cualquier descuido para arrancar las joyas, y por ello mejor clavarse los boletos en algún lugar seguro, “sácatelos de allí, cerdo” gritaba Guioco Piano corriendo, y algún escándalo frente a las cámaras, y llegar por fin a la fatídica puerta siete.
Entonces como siempre la fila avanza con lentitud y desesperábamos entre gritos y lanzábamos gargajos. Los cuatro intentando saltar para ver el césped, la alfombra verde al final del túnel, y la ansiedad inexplicable de poner el culo en la butaca y empezar a arrojar el corazón por la boca. Pero todo llega tranquilo como un oleaje, y eso lo entendíamos. Porque reconocíamos que este rito grandioso llamado futbol también es de subir rítmicamente los espirales de concreto, ondear las banderas con el sueño de campeonar, Guioco Piano y Benoni abrazándose como dos niños felices, y el barullo de las gradas metiéndose en las venas…; porque hay que reconocer que este rito grandioso también es la voz de Keres, que camina solitario, y en voz baja le habla a un escapulario, y le repite las palabras de nuestro técnico al inicio de la temporada… quiero saldar una deuda con la gente... señor… si usted agarra el equipo, somos campeones; la vida, el fútbol, es asumir riesgos… Estoy preparado. Es un compromiso hermoso con esta gente que estuve esperando durante cinco largos años...
Era por eso hoy el momento de campeonar. Era la rugiente final. El momento de no desfallecer a pesar de acorralados y vapuleados en el juego de ida, en nuestra propia cancha, y por eso no dejar de gritar frente a los hambrientos contrarios, que tan solo al vernos con nuestras remeras verdes comenzaron a escupir, a gritarnos, y la voz lacónica de Benoni detrás de mi “¿!Pánico¡, cómo vas a saber qué es eso si nunca te sorprendieron mal parado en un contragolpe?”.
Y en serio que en realidad no importaba. No había ningún miedo y todo era gritar. Ya de por si nos habíamos endeudado de sobra para viajar a ver los colores, y aunque debíamos diez abonos, estábamos ya en la butaca y no importaba más nada, ondeando banderas, rodeados de un centenar de rostros que querían arrancarnos la copa de las manos, es cierto, querían matarnos, y no importaba… y la voz tranquila, lacónica de Benoni detrás de mi… “¿!Morir, morir¡, cómo vas a saber lo que es morir un poco sí jamás fuiste a buscar la pelota adentro del arco?
Porque no había más que gritar. Aguantar el rugido y el tambaleo de la grada cuando los veintidós salieron a la cancha. Y llenarnos de lianas y comer confeti. Y sentir el palpitar cuando el equipo verdiblanco se agrupaba para la foto, cuando se saludaban los capitanes, cuando la cábala del portero bajo sus tres palos, y darnos un abrazo entre los cuatro cuando el árbitro por fin el pitido inicial y el esférico rodando, una abrazo rodeado de los gritos de Guioco Piano con todas las venas del cuello, mientras Benoni, con su lacónica voz, atrás de mi… “¿!Amistad¡, !amistad¡, qué vas a saber lo que es la amistad si nunca devolviste una pared?

14.7.08

Cambalache.



Publicado en el Siglo de Torreón el 20 de julio de 2008. Versión publicada aqui.


Lo ocurrido en Torreón, Coahuila --en el norte de México-- en las últimas semanas es paradigma de los vicios estructurales del país. No estoy hablando de los encarnizados actos de violencia que aún persisten en esa región (y su diaria cuota de muertos), sino de la reciente demolición de un distribuidor vial mal construido y los 150 millones de pesos tirados a la basura por culpa de quienes estuvieron involucrados en el proyecto. Semejante vergüenza ocupó los encabezados en la prensa nacional. Montonal de billetes ciudadanos quemados, tirados a la basura, y todo por las culpas de otros.
En el mismo tenor, recientemente ha habido una serie de desplegados a propósito de un añejo conflicto inmobiliario en Torreón, Coahuila. Uno de dichos desplegados, firmado por uno de los empresarios involucrados en el conflicto, contiene en su párrafo final una serie de conceptos que creo necesario traer a colación en el marco de los errores del distribuidor vial: a) restaurar el estado de derecho; b) revertir los efectos negativos de un proyecto viciado de origen; c) la estructura corrupta imperante en el pasado reciente, d) que sobrevive en perjuicio de la sociedad disputando espacios al poder público. El párrafo resume en pocas líneas un problema toral: la corrupción imperante ha perjudicado a la sociedad en beneficio de grupos. La voracidad y el cinismo es pasmoso. Es necesario gritarlo y denunciarlo.
Entonces no me sorprende que el contenido de un desplegado, elaborado sobre los problemas y corruptelas de un proyecto inmobiliario ubicado en la carretera a San Pedro, Coahuila, calce como anillo al dedo a los problemas y corruptelas de la VERGÜENZA del fallido distribuidor vial ubicado en la carretera a Matamoros, Coahuila. Más bien me tranquiliza. Al menos sabemos que detrás de la corrupción y de la voracidad se encuentra la génesis y el resultado y la solución: los pilares de los puentes tronaron desde adentro, y colapsaron, como debieran de tronar los responsables de semejante atropello a la razón.
El ejercicio de la función pública no es solamente la venta de favores, el dedo elegido que determina al contratista de su preferencia, el discrecional flujo de recursos; no, la función pública es conducción de la política al amparo de un marco normativo, la estricta rendición de cuentas y, en caso de fallar en su cometido, la correspondiente responsabilidad de los servidores públicos. Eso es lo que debemos exigir con todos los dientes.
Debemos gritarlo. Porque “perjuicio a la sociedad” no es frase bonita, no es eufemismo alguno, sino que su significado es de torpeza, de falta de efectividad, de falta de profesionalismo en el quehacer político. Su significado son errores que cuestan dinero a la sociedad. Es lana constante y sonante. Son 150 millones de pesos tirados a la basura por errores. Es dinero que bien pudiera haber sido destinado a otros fines en esa región de tantas carencias.
No estoy aquí para señalar culpables pues carezco de los elementos. Más los hay tanto en el ámbito gubernamental como en el privado. Es demanda puntual de la ciudadanía el realizar una investigación objetiva y transparente, sin pisca de componenda o complicidad política. Es demanda puntual de la ciudadanía el conocer sin velo alguno los errores y sus responsables. Carecer de esa información puntual sería una muestra más del círculo corrupto de complicidades que se cierra. Hay un antes y un después. Hay acciones que fortalecen y otras que degradan. Hay fieles de balanza que debilitan aún más a las instituciones, dejándolas como simples objetos temporales prestos a la mejor componenda. Esta es una de ellas.
El perjuicio ciudadano alrededor del ya occiso distribuidor vial se resume no sólo en pérdidas millonarias, sino en las molestias que causó todo el proceso y las que seguirá costando (hay un intangible adicional de bilis derramada). Ante esa situación, debemos exigir con todos los dientes que el asunto se transparente. Porque de no ser así nunca saldremos de la alcantarilla lodosa en la que estamos metidos. Porque mientras todo esto subyazca no saldremos del atolladero, y seguiremos entonces siendo el país de tercera de siempre, aunque cueste decirlo.

12.7.08

Ornette

(Publicado en El Siglo de Torreón el 6 de julio de 2008. la versión publicada se encuentra aqui, respetándose aquí abajo la version original)
Justo ese libro tiene la fotografía de noche nublada y flotando y Caro Kann sentada en la cornisa de mi Octavo piso. Su voz de yellow submarine, de macetas frondosas y regándolas…

vamos al concierto en el Sótano Zinc! –decías, pasándote como siempre la mano por la cara,

mejor a la bodega de la Avenida Américas… eh, que te parece?, seguro y también hoy improvisan… vamos?

Y esas eran las preocupaciones de entonces. Jugándola de oídas cual pedazos de barro controlados por cordeles invisibles, nueve serpientes alineadas una detrás de otra, y en las páginas del libro verde tu fotografía y las pequeñas notas “en la calle ludlow”, y la historia de la montaña que subimos juntos,

y el refugio de alfombras grises donde descansamos entre ratones pereciendo, recorriéndonos y amándonos frente al recuerdo rasposo de Dylan destruyendo los toca-cintas, y ese recorte fotográfico que nos impresionó a ambos --pero a ti más Caro-Kann--, porque ese hombre tenía la cara clavada en el lodo, los brazos abiertos, y a su lado un cocodrilo de fauces y de uñas enormes, viéndonos con un ojo levantado y el muslo desparramado…

Tal vez fue esa imagen una premonición de lo latente, sin que siquiera lo imagináramos...

Lo cierto es que entonces no planeábamos. La ciudad era solo una cortina luminosa, detrás la madrugada majestuosa y fría, y calurosa y nuestra, y la cornisa del ventanal del Octavo Piso dando al vacio, donde veíamos escurrirse los climas y las hojas y el invierno: frenéticos cambios de ciudad y de nubes y de edificios, que traían continuamente a mis dedos moviendo el diafragma de la Nikkon F2, buscando las sombras de la calle segunda.

Y fue justo allí. En el centro de esa amalgama de gozo y de sufrimiento, donde nuestros cuerpos se aislaron en una burbuja propia.

Éramos sólo nosotros y no podía ser de otra forma. El entorno de la Ciudad demandaba el resguardo de nuestros dedos unidos, justo allí, porque pensar en el vecino era pérdida de tiempo, y porque nos lanzábamos a los adoquines sin ver otros ojos, crear la burbuja, tan sólo la preocupación de que no se levantara de pronto una alcantarilla, por aquello de los del ayuntamiento arreglando unos cables, o comer,

y esa noche justamente intente hablarte de eso, ignoro de que, mas necesitaba liberar alguna angustia carcomida, allí, mientras nos recargábamos en los fríos pilares del subterráneo nocturno, e intentaba decírtelo de nuevo, después, más tarde, ya cerca del sótano Zinc, comentarte algo, de la individualidad citadina que me aprisionaba, que me lastimaba …, y entonces solo encontrar tu evasiva mirada de dar vuelta a la derecha por la calle,

“otra vez tus ideas”, sacando del bolsillo una de esas plumas coloreadas que siempre cargas “nadamas impórtate tu; nadamas piensa en ti”, lo que me decías, y las yemas de los dedos encima del plumón, y tu silencio de siempre que pinta dedos –la mirada de saber siempre lo que haces--, y que de pronto se convertía en un brillo de ojos al comienzo del concierto, en ese rincón, donde salpicarnos de oscuridad era toda la historia,

porque ante la música olvidábamos cualquier clase de discusión, de desacuerdo o intriga sobre su pasado, sobre tu pasado de misterio, para desfallecer sin remedio con ese tipo del escenario hijo de puta mago para el saxo que recorría tu cuello (había pausas), que con algunos silencios nos mantenía por un tiempo volando entre los candiles...

hasta que por allí mis labios tropezaban con tus dedos que ofrecían un vestigio de filtro apenas más grande que tus uñas, y que en conjunto parecía una flor, a la que yo llenaba la cara de humo mientras tú te carcajeabas risotadamente, al ritmo de Ornette que detenía sus soplidos de angustia, haciendo el cuerno a un lado,

y dejando a las otras piezas del cuarteto enfrascadas en sus solos, iba detrás de las cortinas, a escupir o a patear la pared, en una soledad perfecta de ojos cerrados, de maniquí inmóvil en peligroso callejón, de oscuridad desbordándose hasta el fondo del sitio, obscuridad que asemejaba una gran llanura, y Ornette recargado en la sombra parecía el hombre de lentes, el cafetalero primerizo, el gorila del todo con su cuerno en la mano, mientras las cabezas del publico se agachaban sobre el cuello y parecían todos mantener el aliento, hasta que segundos después los músicos volvían a inmiscuirse en sus notas, y todo explotaba, Thelonious regresando al piano, durando entonces instantes la noche del sótano Zinc, de música y de olor a hierba, donde cerca de la medianoche una larga fila de chaquetas se enfilaba hacia la salida sacando lenguas puntiagudas en orgasmos que jaloneaban las solapas.

Y yo me quedaba callado, sin decir nada, sin volver al tema; tal vez temor a perderte. Dejándome perdernos juntos por el barrio de las putas, o cafetaleando con los árabes, por allí con los colguijes y la alfombra, escupiendo el charco que veía pasar nuestras horas, antes de cualquier cosa, de preguntarte si continuar en el bodegón de música de la avenida Américas o regresar al Octavo piso,

y tú siempre con el que putas importa llevándome a tu torrente,

¡Solo vamos! –decías arengando como futbolera cualquiera, con el comentario de Dylan bajo el brazo, en la punta de la lengua, con tus tobillos amarrados con correas multicolores (aún ahora no me acostumbro a no estar contigo), con faroles nocturnos que nos observaban desde lejos cuando tarareabas Jokerman, y el elevador descompuesto del Octavo Piso, de nueva cuenta, y tu espalda subiendo los peldaños frente a mi respiración detenida, sabiendo sin aceptarlo que no habría remedio, mirándote interminable rozar con los dedos el metal azul del barandal, subiendo cada vez más despacio, más quieta e inalcanzable en las alturas, hasta que el perderte por la puerta era resquicio de agonía antes de volverse sueño.

7.7.08

Bosque


(Publicado en El Siglo de Torreón el 6 de julio de 2008. Versión original aqui.
No sé, pero estar aquí, en este bosque azul y amarillo, de infinitos arboles, me hace recordar cosas, me pone a respirar distinto. Así me ocurre en algunas ocasiones… en las que estoy tranquilo, pensando otras cosas, distraído en la cotidianidad y, de pronto, como si fuera un soplido, veo que otra respiración comienza a inundarme, otro estar, catalizado todo por la naturaleza, la inundación de los duendes, algo muy íntimo y –creo—inexplicable, que empieza a invadirme, y ya no soy yo, y me quedo quieto respirando por minutos. Es algo así como cuando te vez las palmas de las manos, y empiezas a ver sus rayas, sus huellas, sus venas azuladas, no sé..., las manos parecen entonces no ser tuyas, ser ajenas, o no haber sido vistas desde hace mucho tiempo.
Me gusta pensar que todo ese estado vivencial se debe sólo al entorno, a la soledad en que me encuentro y a la disposición de respirar hondo, de tratar de sentir; o que probablemente se debe a cualquier otra cosa y que sólo son juegos de la mente, casi nada, salvo un químico más del cerebro que sin avisar se desparramó de pronto. Pero no sé. Tal vez en realidad las razones carecen de importancia, y más bien aquí ahora solitario, en la humedad del bosque, y valle abajo unos pastizales, la carretera incluso con su lejano zumbido, la confluencia de los mundos.
Antes veníamos juntos al bosque pero ese tiempo se ha borrado ya para siempre. Lentos subíamos y nos perdíamos por allá, más atrás del musgo y de los arroyuelos, y caminábamos al peñasco donde viéndonos las manos frotábamos lentamente nuestras caras al viento. Entonces las húmedas hojas eran nuestro aposento y refugio pero…, después de todo, había silencios, silencios incómodos que desde entonces anunciaban los presagios de un tiempo ya borrado ya para siempre. Nos dejamos de ver, inexplicablemente; eso fue ya hace algunos años.
Desde entonces regreso esporádico al parque azul y amarillo, de infinitos arboles, y voy al peñasco y me siento allí, por la tarde, frente al viento. Me acuesto sobre la piedra fría y silbo silencioso y dejo que fluya el tiempo y que todo en armonía se quede inmóvil. Existen --en la cima de esa roca alta y filosa-- dos momentos íntimos y distintos y, frente a ellos, una masa de piedras redondas que me gusta arrojar al vacio.
Y me quedo por allí arriba el resto de la tarde, tal vez un sábado, y después regreso a la ciudad lentamente, tal vez apenas rozando con estas mis manos algunas espigas, y el auto, la calle, mi casa, el diario acontecer de nuevo, la diaria cotidianidad que espera pronto regresar al bosque.

29.6.08

Limpias Esferas


(Publicado en El Siglo de Torreón el 29 de junio de 2008. Versión original aqui.
¿Volverá a hablarse –y a tener sentido—aquello del destino compartido? Pareciere que no. Que el ideal de contar con sociedades libres, seguras, participativas e incluyentes, se ha reducido a un grupúsculo de esferas que en su oposición se ignoran y se temen. Ahora no se comparte nada porque la sucesión de latigazos nos ha acostumbrado a cerrar los ojos. Que perforen la nuca, que se sofoquen y terminen tirados, que les echen aire, que se mueran de hambre, pero que no osen invadir ésta, nuestra pequeña y limpia esfera, porque la podredumbre pertenece afuera, detrás de vidrios cerrados.
Preguntémonos porqué está descompuesto todo esto. Y encontraremos respuestas que inundan en lugares comunes: una traumática historia que ha alimentado la desigualdad, una institucionalidad no consolidada, una concepción errónea del servicio público, un influyentísimo a toda costa, una corrupción galopante. La historia, entonces, como reflejo de lo que somos: un país corrupto, desigual, de instituciones débiles, donde el influyentismo todo lo corrompe, y donde con uñas y dientes se defiende las posición de privilegio; los jodidos aquí y los de billete allá.
Es entonces aquí donde nos encontramos. Los de arriba, los de abajo, una clase media debilitada y un cinismo voraz del cueste lo que cueste. ¿Y entonces que vamos a hacer? ¿Continuar trepando y cuidar la retaguardia? ¿Resignarnos a permanecer allí, en la limpia esfera de ojos cerrados? ¿Gritar y largarnos y tirar todo a la mierda? ¿Sucumbir a cualquier esperanza?
Pero poderoso caballero es don dinero y, en tanto fluya, en tanto a este país podamos seguir ordeñándolo, pues para que marcharnos, para que buscar otra cosa, al fin de cuentas los de arriba y los de abajo, las prerrogativas, y para que buscar otros horizontes si no habrá servicio domestico --seguramente, lo cual será más incomodo.
Mejor quedarnos aquí donde ya por lo menos un nivel de confort, algún jardinero, y pues nada, que si los balazos en la esquina y que si los fuegos cruzados, y que si los dientes desechos que piden limosna en el semáforo, pues me encierro y no salgo y de la casa a la oficina y con los ojos bien cerrados, y listo; la piel de elefante sobre todas las cosas.
Entonces así logro conservar lo construido, sigo disfrutando de este esquema desigual por excelencia que da de comer, y listo, igual y le cambio los uniformes a las sirvientas el próximo sábado, porque ya están muy percudidos, y que van a decir las visitas.

22.6.08

La Granja.

Al margen de animales, de gente, de vecinos, yo recuerdo la Granja.

Pasar al agua bajita sumergido, debajo de cualquiera de esos tres túneles.
Entrar mojado a la zona de asadores.
Los nidos en las vigas y los huevos, los huevos de los nidos de las vigas.
El baño, que no sé si estaba sucio, si estaba terroso; que no sé si me daría asco ahora.
Estacionarnos, rodear los arbustos, echarnos al agua.
No tirar las piedras por lo difícil que era saber la profundidad del pozo.
El graznido del chanate en la copa del árbol.
La bajada sorpresiva a las profundidades de la alberca.
De nuevo pasar al agua bajita sumergido, debajo de cualquiera de esos tres túneles.
Un vidrio, tal vez esa suerte, que permitiera entrar al salón, por siempre cerrado, de muebles con olor a tierra.
El torito que espinaba los talones.
Salir por cualquiera de esas puertas del piracanto, a la tierra ardiente, a la tierra agrietada, y el andar por allí entre surcos, hacia los gallineros del fondo.
De esos gallineros cada puerta tenía una reja rota, que habíamos roto, cuya entrada habíamos creado, y donde tal vez buscábamos huevos entre el ensordecedor grito de las gallinas, el cual continua sonando, aquí en mi cabeza, tal vez para siempre.

La Casa

Al margen de animales, de gente, de vecinos, yo recuerdo la Casa.

La escalera de caracol oscura y angosta a un lado de la cocina.
Las frutas de los arboles vecinos.
El escritorio de la biblioteca, sus cajones, toda clase de bolígrafos y de ligas gruesas, pa los billetes.
El callejón trasero que rodeaba la sala –lleno de rosales.
Los dedos engarrotados en ese hueco de la puerta blanca, que los incrustabas ladeados, para abrirla.
Ese especie de cruceta de madera y acero, girarla a la izquierda para destrabar el candado, y el esfuerzo de subir los portones de madera de la cochera que subían en bloques, con su peculiar crujido.
La cochera en sí, la luz y los objetos que en ella había, y los fregaderos, ideales para subir a la azotea.
Un closet profundo en una habitación profunda.
De nueva cuenta esa escalera de caracol oscura y angosta a un lado de la cocina.
La heladera, donde siempre había helado; la alacena contigua, donde siempre había chocolate abuelita, siempre bajo llave.
Los fríos sillones de la terraza, el de mecedora -- por el que siempre nos pelábamos--- y los rasguños de la tela después, cuando ya se volvieron viejos.
El deslizarse inmaculado en el barandal de la escalera, del cual –siento decir—fui para siempre el mejor exponente.
De esa escalera cada peldaño tenía un tubo, y cada tubo un especie de segurito que destrabábamos para juntarlos y deslizarlos en el barandal, y que por obra del espíritu santo sobrevivieron para siempre.

21.6.08

Periodista Ciudadano

(Publicado en El Siglo de Torreón el 22 de junio de 2008. Versión original aqui).

El hombre se mueve por donde lo dejen. Las conductas infiltradas abundan y las inquietudes y las complicidades son compartidas. Los movimientos sociales surgen espontáneos y los hombres reconocen sus ojos entre las multitudes. Los cerebros, a través de instrumentos de contacto –de medios de divulgación—conducen el cauce por los senderos elegidos. Las motivaciones abundan: liberación de cadenas, lucha por respaldo colectivo, grito ante demandas no todas legítimas, lucha por poder, entre otras. En la actualidad, a través de los largos brazos que brindan los nuevos medios, el ciudadano de a pie está participando en esas luchas y está encontrando conductos para la exigibilidad y el criticismo.
Un movimiento opositor en Internet anda armando revuelo en Cuba por estos días. Sus bastiones más visibles son el blog Generación Y de Yoani Sánchez, y Penultimosdias, editado por Ernesto Hernández Busto. No hablaré de las visitas totales que reciben porque los inundaré de números, limitándome mejor a decir que Yoani Sánchez, una delgada y frágil filóloga cubana de poco más de 30 años, recién fue galardonada con el premio español Ortega y Gasset, e incluida por la revista Time entre la lista de las 100 personas más influyentes del 2008.
Su esfuerzo logró recorrer los caminos de piedra de la Habana Vieja hasta las notas en los diarios internacionales. Lúdico en todo momento, y en un comienzo apenas deseo individual de expresión, el blog Generación Y se ha convertido en bola de nieve, cuyas dimensiones han merecido incluso encabezados de El Comandante contra La Bloggera.
Detrás, además, hay una historia de clandestinidad y persecución, y un tema que vende en demasía. Ante el bastión profundo del debate sobre la realidad cubana, ante los ánimos encontrados y una coyuntura compleja de intereses diversos, el movimiento ha encontrado el respaldo de la comunidad internacional y una virulenta propagación de visitas. Sobre la mesa se ha colocado entonces un experimento político por demás novedoso, cuyo desenlace y valoración será sin duda a analizar en el marco teórico de participación ciudadana y movimientos colectivos.
De cualquier forma se vislumbra desde ahora la importancia que en un futuro tendrá el periodismo ciudadano. Que alguien nos diga exactamente que está ocurriendo en la Calle Sexta, sin cortapisas ni filtros que sopesen la verdad, motivados por los intereses de grupo. Que alguien nos diga en realidad donde el hambre y donde los muertos, sin que la estadística sucumba al oficialismo maquillador de todos los días. Que alguien nos diga de verdad cuanto en el bolsillo y cuanto por abajo del agua, sin que el poderoso caballero solamente se lleve la mano a los labios y pida silencio.
Esta semana he visto nuestros noticiarios nocturnos y sigo al borde del vómito. La uniformidad, el aburrimiento en demasía, la ausencia total de análisis y la presencia del amarillismo a toda costa, son cosas de todos los días. Sin embargo he percibido algo diferente en medio de tal decadencia: los comerciales son por demás barateros y los productos desconocidos al extremo. El hartazgo ha hecho que los ratings mengüen. Ha cobrado factura la decadencia del obsoleto formato noticioso oficial, reflejo de la manipulación acostumbrada. Que no nos sorprenda que pronto desaparezcan esas corbatitas tersas con su cara de espanto. Más, ante todos los vacios que pronto se llenan, es preciso apoyar y generar conductos que desde su independencia (y no solo en concepto), pudieran brindar mejores resultados en la búsqueda de un estado democrático y una estricta rendición de cuentas de las autoridades. Las nuevas tecnologías son un buen instrumento. Veremos cómo se desarrolla todo esto.

15.6.08

Graduales Abandonos

(Publicado en El Siglo de Torreón el 15 de junio de 2008. Versión original aqui).

No abandonamos las cosas al envejecer, sino son ellas las que nos abandonan.
Recientemente me he encontrado con esa frase sin reparar en su significado. Por allí la escuché, esporádica, en algunas ocasiones, en los labios enmohecidos de algún tendero de esquina, de la señora que olvidó los lentes sobre la mesa, de algún párrafo del libro que ahora en mi mesa descansa. Hay algo en el paso del tiempo que tiene tintes de drama; algo de desmigajarse de pan todo cambiante; de pequeño reloj de arena; de ir muriendo poco a poco al ritmo de las memorias.
Las teorías de la tierra como ser vivo, integral y abundante, son fantásticas. Un árbol aparejado a la oruga, entrando aquí mismo en contacto con mis pies descalzos sobre el pasto; el sol resplandeciendo en mi cara, la concordancia exacta de los astros y el breve mosquito que ya de volar chueco en la pared se estrella. Se habla del zen, de vida integral, de noción de armonía; de algo que existe aunque ignoremos a que nombre responde. Hay ocasiones en que nos sentimos bien. En donde parece todo haberse alineado, como si nos hubiéramos echado los tacos correctos, y el día fluyera sin desazón de mente, sin pesadumbre de cabeza en los parpados.
Hay otros días sin embargo que son diferentes, que parecen volar sobre nube negra. La teoría es que entre ellos–entre los diferenciados días negros y blancos—hay una desconexión extraña que todo lo rompe, que disecciona el acontecer como un grito entrecortado, surgiendo de ello el desapego, el abandono de las cosas otrora disfrutadas. Todo ello se asemeja al romperse de un nudo que une a dos cuerdas; es como cortar un hilo de pronto, y volverlo a pegar desde distintas hebras. Es sicología pura –al final de cuentas.
Ayer hice una larga fila para abordar un avión, y coincidió ser frente a un espejo, cuadro de nosotros mismos, laboratorio de nuestros gestos. Inmóviles permanecimos todos durante más de media hora, con el mismo crispado entrecejo, el mismo gesto de pasmoso aburrimiento que no quita la vista del frente. Ningún alto ni esbelto se encorvaba, todos parecíamos desinflados, agotados en el viernes nocturno, y con el peso del tiempo sobre nuestros hombros.
Peso del tiempo que se apareja al despojamiento existencial y físico. En donde el mundo y sus relaciones cambian frente a nuestros ojos, como cuando de pronto se nubla, y la luz es distinta, y el todo cambiante frente al prójimo, frente a las cosas, frente a nosotros mismos. Un cambiante profundo plagado de desapegos. Como aquellas aficiones que se desgajan también con el paso del tiempo.
Antes yo chachareaba más en el mercadillo de la 11, por ejemplo, y hace días que fui, apenas me agache una vez, sólo para tomar con mis manos un encendedor con texturas de crustáceo, y ni siquiera pedí el precio. Ocurrió algo semejante hoy por la mañana. Sucede que al Motown insólito de Marvin Gaye lo descubrí hace años gracias a Raquel, una chica que entonces frecuentaba, y que logró aficionarme a su brillantez y a su gozo, a su lineal y sollozante melodía, hasta que pasaron los años y lo abandoné de pronto. Hoy que encontré su disco cubierto de polvo decidí ponerlo de nuevo, después de tantos años.
Y lo puse en parte para ambientar la historia, pero también para poner algo de ritmo a la opresión de estas teclas (escribo en teclado), como pianista de ojos cerrados. Pero entonces Marvin Gaye sonó distinto. Algo hubo en esos años de polvo, de su ritmo negro que quiso acercarse, del olor a incienso de la pedregosa nuca de Raquel que quiso acercarse en fragatas, pero no, no pudo, ese pasado desapareció ya para siempre, y las hebras ya rotas ahora lo contemplan desde las cúspides abruptas de la nostalgia. Abandonadas entonces las cosas con el tiempo, empolvadas, pierden las conexiones que alguna vez nos llenaron de frescor, como los pies descalzos sobre el pasto, irremediablemente. Sicología pura –al final de cuentas.

12.6.08

Cafe Matutino

Salgo a la calle, veo terrazas, y recorro las carcajadas de todos, los que sabroso cafetalean con vasito inmaculado de tapa aséptica, y un breve aro de cartón por aquello del no te calientes. Reparo apenas en el logotipo mientras sigo adelante...
hasta aterrizar en la esquina contraria de vacio estanquillo, de trapo tal vez percudido pero café superior, finalmente, donde la plata cae directo al bolsillo del buen Joaquín, quien curado de espanto me cuenta sobre la piedra que le sacaron de la vejiga hace dos martes..., y concluye así, con un mordisco al puro que casi lo arranca --tio, una más de sus múltiples conversaciones matutinas.

10.6.08

Biografia de una Mano

Desesperada mano que grita.
Llama principalmente la atención la uña negra y el nudillo central..., y el razgo de distención en el instante; gesto de absolución con tintes de basta.

8.6.08

El Grito

(Publicado en El Siglo de Torreón el 7 de junio de 2008. Versión original aqui).
Crecimos con el Libro como objeto fetichista y entre la exaltación omnipresente del lenguaje. En su momento André Gide mencionó que sólo por la forma duran las obras de los hombres; además de decirse algo “coherente”. Menuda loza sobre los hombros: utilizar estéticamente el lenguaje con el objeto de que las intenciones expresivas concuerden con la manifestación verbal. Punto y coma exacto cual cereza de pastel.
Pero ese intento de verborrea inacabada pareciere imposible ahora, en estos días, en que los límites de lo inexpresable todo lo rodean, y las letras no encuentran forma de sujetar el contenido de tanta angustia que rodea al hombre contemporáneo. Las letras compiten con las imágenes y parecen perder, parecen frágiles, inmóviles y vacías, sin futuro alguno. Hay que defenderlas, sin embargo, porque sólo ellas hablan en silencio.
¿Qué hacer entonces para potenciar las letras –qué medios utilizar-- ante la invasión que parece irremediable, ante la omnipresencia de las imagines cuyo ataque es directo, y es frontal, y cuyo mensaje finalmente no requiere esfuerzo mayor del destinatario, porque todo lo alcanzan, porque todo lo cubren?
Por lo general los nuevos medios traen consigo un ruido inacabado y continuo, donde se termina diciendo nada, por más que se grite. Vemos un video, vemos otro, una foto, pasamos rápido la página, y apagamos con las prisas el monitor entre un mareo incipiente cuya proveniencia ignoramos. Precisamente Munch trazó un hombre en un puente, y lo puso gritando, y la mar azul y curvilínea, y los incendios rojizos del cielo noruego; precisamente hay noches en que algo sofoca, algo oculto, y, sin saber que es, solamente alargamos el brazo tembloroso, el control remoto y su caluroso confort. Un grito parece desprenderse ahora, desde las cuencas de los ojos, y con desazón y vorágine le damos la espalda, ignorando cómo expresarlo.
Hay personas que comparten nuestro pasado, y a los que entrañablemente queremos, aunque no frecuentemos. Hay memorias de ellos, o sobre ellos, que sin embargo no se borran. La vida misma y sus difusos caminos podría luchar por separar a los hombres, más aunque eso ocurra hay un dedo entrañable que une, que toca, que conecta, que sabe la forma en que dos almas pueden estar juntas, como entonces. Pensamos en eso hasta que llegan las fotos con sus mensajes ocultos.
Tropezamos en la red con algunas placas que ha colgado ese amigo entrañable –por ejemplo—los últimos periplos del viaje en turno, la primera sonrisa de la niña de sus ojos, las arrugas que no conocemos. Esa imagen que ha colgado es de sus hijas, y su sonrisa que apenas se refleja, la diadema amarilla, el desequilibrio que parece más por sostener a la pequeña que se viene cayendo. Veo la foto y siento algo… más las prisas de apagar el monitor impiden reparar en lo fundamental: que aquel amigo ha fluido, y con él su descendencia plagada de cachetes rojizos. La imagen es de las múltiples que hemos visto hoy. Más es esa, justo esa, la que conecta con el pasado, con la esencia, con los cables que indican el camino del sentido, aunque parezca imposible.
Entran entonces a jugar las breves y limitadas palabras. Son sólo ellas las que pueden gritar en silencio. Aunque todo ocurra aquí adentro. En la boca del estomago que fluye llena de líquidos. En la acidez que parece subir e invadir la tráquea. Ese líquido pastoso, que raspa incesante, que sirve para escupirlo al papel por más que lo neguemos. Ese grito de Munch que puede ser agudo o grave o tal vez entrecortado, y no largo y continuo como siempre lo he imaginado. Pero no sé. Nunca las intenciones expresivas concuerdan con la manifestación verbal. Aunque lo intentemos. Aunque sepamos que solamente las palabras pueden ayudarnos a buscar ese algo, porque sólo ellas pueden gritar en silencio.

24.5.08

Las Vidas



(Publicado en El Siglo de Torreón el 25 de mayo de 2008. Versión original aqui).

Muchos de mis ídolos murieron jóvenes y en trágicas condiciones. El repaso de sus biografías: Charlie Parker, el pajarraco, a los 34 cuelga el saxo con cuerpo de 60 a costa de los abusos; Robert Capa, el húngaro, aún con la cámara en la mano pisa la mina vietnamita que le arrancaría la pierna a los 49 años; Roberto Bolaño, el detective, abandona las correrías a los 50 por un problema hepático en Barcelona; Janis Joplin, la de collares, se silencia a los 27 de sobredosis en Los Angeles, California; Jack Kerouac, el caminante, descansa por fin a los 47 de hemorragia interna causada por cirrosis de hígado; Federico Garcia Lorca, el poeta, es arrebatado a la vida de 38 años por manos intolerantes sólo útiles para el gatillo.
La lista sigue: Diane Arbus, la solitaria, retacada en barbitúricos se tasajea las muñecas a los 48 en el Greenwich Village neoyorkino; Albert Camus, el Extranjero, lo alcanza la muerte a los 48 en un accidente automovilístico en Francia; Amadeo Modigliani, el retratista, desaparece a los 36 de tuberculosis agravada por los excesos de toda una vida; John Lennon, el mounstro, cae a balazos frente al Dakota Bulding apenas a los 40 años; Truman Capote, Capote, muere a los 59 con un hígado deshecho por las múltiples intoxicaciones a las que fue sometido; Mark Rothko, el amo del lienzo, se tasajea los brazos a los 66 atiborrado en antidepresivos; Ernest Hemingway, el sabio, decide volarse los sesos en Idaho a los 61 a punta de escopeta; Julio Cortázar, el más viejo de todos, el máximo Cronopio, muere a los 69 después de un proceso leucémico, que lo deja con la finta del gato pálido que tanto amó; aún en él hay algo de drama.
Con ellos ya esfumados nos quedan únicamente sus obras, rastros que los mantiene inmortales. Aquél cuento de Cortázar –continuidad de los parques—por ejemplo, nos permite revivir a ese flaco porteño entrañable, tal vez en un jardín soleado a las tres de la tarde. Stand by Me de Lennon es un quieto quédate conmigo, más franco que cualquier otra cosa. Las mujeres de Modigliani tienen mezcla de esfinge y de sensual deslizarse. Las obras de todos son de luz, son de legado y huella. Del suspiro al libro abierto sólo media la magia.
Pero es eso todo lo que vemos y no hay nada más. Todo está oculto. Son sus obras ya producto concluido, y entre ellas y la muerte sólo media una oscuridad desconocida. La cotidianidad creativa permanece oculta a nosotros. Desconocemos las caminatas incesables buscando la placa óptima, los juegos de luz indicados, las horas eternas del cuarto oscuro; todo con el fin de que partículas de plata reflejen un sentir particular. Ignoramos el sufrimiento, la agonía, el deseo. Apenas la obra y algunos datos biográficos nos brindan luces y sombras. ¿Qué llevó a Hemingway a volarse los sesos? ¿Cómo derivó a eso ese hombre y su vitalidad increíble? ¿Qué es lo que ocurre a lo largo de la vida? ¿Cómo, y a través de qué procesos, se desmoronan los sueños?
Muertos ya. Esfumados los sueños. Las ambiciones descansando y los dramas conclusos. Nunca más romper los lápices para sacar las palabras. Nunca más las manos manchadas de tinta bajo una luz artificial que de pronto se apaga. Son las vidas hermano. Agotadas esas vidas que alfareros moldearon en un camino incesante, lleno de rocas. Los Despojos de un alma hecha jirones en las zarzas agudas, te dirán el camino que conduce a mi cuna.
Hay una viga de madera en la casa de Neruda de Isla Negra. En la viga sobresale la palabra “Federico”, en honor a su gran amigo Garcia Lorca, a quien le sobrevivió tantos años. Neruda talló con sus propias manos esas letras, que en ocasiones se iluminan bajo la luz austral de octubre. Algo en ella me deja perplejo. No se… Finalmente creo que esa inscripción, el hecho, toda esa historia, refleja lo que aquí he querido decir sin lograrlo.

22.5.08

Muto. Ambiguous Animation.


Gracias al buen Nacho he dado con esto.


Encima de una porteña realidad de muros carcomidos: la metamorfosis del gis torna en historia el asfalto, renaciendo de lo cotidiano la ilusión.

18.5.08

Procrastinar

(Publicado en El Siglo de Torreón el 18 de mayo de 2008. Versión original aqui).

Por fin me senté a escribir estas líneas. Hablo en serio. Pude haberlo hecho desde hace días, pero lo dejaba y le daba vueltas. Finalmente el editor pide el texto hasta el sábado. ¿Porque hacerlo antes? Mejor distraído en cualquier cosa, ¿no es cierto? Procrastinando al máximo. Tan bonito hacer nada salvo zapping en pantalla insulsa, o inocua conversación de Messenger. Rascándonos. No por curiosidad el Solitario es el programa más usado del universo Windows. No en vano sitios de ocio social, como el Facebook, han doblado en influencia. Fuentes de la juventud para el procrastinador eterno.
Así las cosas logré zafarme brevemente del vicio y abrir el diccionario: procrastinar (procrastinare) es postergar actividades o situaciones que uno debe atender, por otras situaciones más irrelevantes y agradables. En resumen: significa tirar la flojerita sabrosa, aunque venga galopando la declaración anual a agarrarnos con sus prisas. Pero bueno… ya se atenderá en su momento; habrá sin duda tiempo de llamarle al contador y reunirnos con los papeles. Pero no ahora: hoy es día de merendarnos las notas del Proceso con su tinte entre rojo y rosa; o ver la final de la Champions ¿porque no?, al fin de cuentas la excusa es el mejor futbol del planeta, aunque corramos el riesgo de que un partido sin goles nos deje de nuevo con la sensación de haber perdido el tiempo.
Hablar de sensaciones es reconocer el drama. El disfrute de la postergación borrado por la condena a posteriori, y su pesadumbre de ojos. La conducta de postergar amarra, obliga y somete, antes de desplegar remordimientos nocturnos a la hora del recuento. Incluso se habla de procrastinación como trastorno del comportamiento. Puede llevar a la dependencia a elementos externos, tales como Internet, la lectura por ocio, las compras o la simple disipación, en lugar de realizar la tarea que se supone necesaria. Al fin de cuentas acá sabroso mejor agarrar la cerveza al borde de la noria y cotorrear con los compas.
Yo siempre he sido un procrastinador aberrante. Desde los tiempos escolares el documento de diez páginas la noche anterior; o el pago en el tiempo límite; o el trámite al cerrar la puerta. Los que tendemos al hedonismo como victimas principales de la conducta crónica. Mejor aquí nos quedamos tranquilitos, jugando ajedrez en la pantalla, antes de cualquier otra cosa. Hablo en serio. Finalmente la escritura es el ejercicio más vasto de autoconocimiento.
Podría poner como ejemplo la elaboración de estos párrafos. Imaginemos el teclado en otro cuarto, con luz suficiente y aire corriente. Un lugar cómodo, en términos generales, donde aunque me gustaría tener otra silla más cómoda, sin quejarme me someto. Podría empezar desde el lunes, pero no lo hago. Sucede estar allí el teclado, y pasar los días, y los párrafos sin encontrar forma, y aplazándolo todo sin encontrar la hebra. Probablemente decidir ver el juego del Santos, por ejemplo, tranquilo, acompañado de unas palomitas, vagando por allí, aplazándolo todo, hasta que el tiempo límite impone por fin su urgencia, en un escenario –tal vez, de calidad comprometida.
El ávido procrastinador sabe que empezar y terminar precisa voluntad y medidas radicales. Uso como ejemplo el de aquél amigo que desapareció de pronto del sitio Gameknot.com, donde nos juntábamos a jugar ajedrez cibernético en modalidad de correspondencia, y las partidas duran meses recomendables a nivel de vicio. El caso es que este amigo de Guadalajara, siempre presente en el tablero, respondiendo de inmediato, con más de treinta juegos activos, un día desapareció para siempre de ese universo online de perdedores de tiempo. Incluso temí su muerte.
Después supe que adoptó la decisión radical: el cambio de contraseña a ciegas; el cortarse el cuello, suicidarse para siempre de esa cofradía de enfermos. Me lo contó hace meses en la escalinata del Auditorio Nacional. No va a tocar Tambuorine Man --me dijo, meciéndole la cabeza a mi hijo (y tenía razón). Nos dimos un abrazo. Platicamos cualquier cosa, hasta que le pregunté de su desaparición misteriosa. Lo tuve que hacer –dijo viendo a la calle, con el gesto resignado de quien deja a la pareja de años para no causar más daños. Perdía mucho tiempo –continuó, comprometía mi trabajo. Entré en la opción perfiles y cambié la contraseña –me dijo, fríamente, y allí, en el marco de la noche magnifica de Dylan, adoptó postura de mecanógrafo y cambio la clave volteando a la izquierda. Comprometía su trabajo: la confesión de autoconocimiento absoluto que mi hijo no logró entender. Él ya no está jugando. Flaco, de lentes, atorrante, amigo, traductor, con cojones a rompe y rasga, abandonó las 64 casillas para abordar lo suyo con fuerza; y yo sé como él ama ese juego.

Ajedrez Nocturno


(Publicado en El Siglo de Torreón el 11 de mayo de 2008. Versión original aqui).


Lo juego desde hace más de 15 años pero apenas recién comencé a entenderlo; verlo más desde arriba; adoptar un plan de juego y la gran diagonal para el alfil incisivo; luchar las pequeñas batallas con todos los dientes; buscar un refugio permanente para el caballo en la sexta fila. La mejoría que da el tiempo, y la práctica; el diablo que más sabe por viejo, y las horas de café enfriándose al rascarnos la cabeza.
Ese “avance” –sin embargo—ha ido acompañado de un escalofrío: el abismo es infinito; la vida no es lo suficientemente larga para el Ajedrez. Todo quedará inacabado, esfumadas las partidas, y el peón y la reina compartiendo la misma caja de tablero guardado. Intentar entrar al Juego es una caída al vacío de varias eternidades gritando (con los brazos en cruz y el aire en la cara), con la incertidumbre de nunca tocar el suelo. Juego infinito e imposible de palpar con los dedos. Tablero que tiene tanto misterio –aludiendo a Purdy-- como la mujer.
Garry Kasparov alguna vez dijo que el Ajedrez era una tortura mental; hay quien dice que el Ajedrez es el deporte más extremo de los que existen. Yo me quedo con la frase de Siegbert Tarrasch “el Ajedrez, como el amor, como la música, tiene el Poder de hacer a la gente feliz”. El masoquismo ante una deliciosa tortura que reparte lecciones salomónicamente.
Recuerdo hace tiempo, una noche de humo y de gatos, en la que jugamos en la modalidad de una hora por jugador: me quedaban no más de 5 minutos y el cerebro destrozado. Mis manos comandaban las piezas negras, y un protegido peón pasado blanco amenazaba coronar desde la séptima fila. Mi única salida era intentar buscar una combinación que se mostraba latente en el flanco de rey. El tiempo, la combinación, el humo, el contrario, el café frio, las manos sudadas, los gatos que se dejaban acariciar. Encontrar –y ejecutar—la combinación era definitorio en esa batalla, era cuestión de vida o muerte, era la única alternativa posible. Su búsqueda era de sienes apretadas, de mechones de pelo casi desprendiéndose de las uñas, de toda la pasión. En la exquisita tortura que este Juego provee.
Tuve hace algunos meses la oportunidad de seguir de cerca el mundial de Ajedrez en la Ciudad de México, un todos contra todos de los ocho mejores jugadores del mundo. La acreditación de prensa me permitió entrar a las conferencias post-partida y estar cerca de los jugadores. Todo eso fue un delirio absoluto. Después de batallas de más de seis horas retomar la partida, y hablar sobre ella, era confirmación de que el abismo es absoluto; detrás de los ojos de esos jugadores, que dedican su vida entera al Ajedrez, alcancé a percibir una resignación estremecedora: nunca podrán dominar del todo ese tablero. Los puños y las cejas cercenados por tanto golpe recibido. El cabello seboso. Las agujetas desabrochadas y casi tropezándose. Las 64 casillas que todo lo atrapan y todo lo enloquecen.
Precisamente en esa noche de humo hubiera necesitado un espejo para verme así. Con el rostro contorsionado y buscando algo, tal vez inexistente, pero intuyendo que algo podría existir, algo podría estar escondido en algún vericueto de ese universo infinito.
Una luz repentina me señaló el camino cuyo inicio era un sacrificio de torre y llevaba a la victoria, con todas las letras. Requería revisarlo con calma, pero estaba allí, lo podía palpar; su luz y su lógica y su conclusión comenzaban a adoptar forma. Ese algo que logré encontrar no pudo ser concluido, materializado, traído a la realidad. La implacable bandera del tiempo me hizo tragar la derrota, con la mano en el aire. Puso fin a una exquisita tortura al ritmo de respiración agitada. Aunque no por mucho tiempo.

Al Desnudo


(Publicado en El Siglo de Torreón el 4 de mayo de 2008. Versión original aqui).


La revista londinense The Economist cerró abril con un extenso artículo sobre México. El tema: las asimetrías existentes entre las regiones sur y norte; la conclusión: la necesidad de reducir la brecha desde las políticas públicas, ante la amenaza de que el atraso sureño pudiera comprometer al país en su conjunto; lo evidente: una nota cruda y sin eufemismos que desnuda nuestro maltrecho y confundido cuerpo ante los ojos de todos. Consideraciones particulares respecto a lo anterior es el propósito fundamental de estas letras.
Solo dos datos duros como muestra: la escolaridad media del sur es de 6 grados, 8.1 en el norte y 9.7 en la Ciudad de México; el 12% de los habitantes de zonas rurales norteñas viven en extrema pobreza, siendo el equivalente sureño el 47%. Innecesario ahondar en más números. Sur pobre y norte desarrollado, “los dos Mexicos”, el desierto y la selva, todo aquello que ya es nota vieja. Sabemos de sobra de la inequidad, la inferimos, la reconocemos, la palpamos: el sur tiene grandes carencias y en nuestro país las injusticias abundan. Más no hacemos nada. Callados nos quedamos y los únicos ecos “pobreza que lastima”, “México con sed de justicia”, son frases soltadas por allí –como hebras sueltas-- por más de dos políticos oportunistas en un acto público.
Así están las cosas hasta que de nuevo viene una revista de circulación global a desnudarnos del todo y plantarnos el pastel en la cara. ¿Y qué hacemos al respecto? Nada. Al fin y al cabo sabemos ya de las condiciones de pobreza que existen, lo inferimos, lo reconocemos, lo palpamos, cerramos esta página y lo olvidamos; nuestro acostumbrarse al estado de las cosas dificulta aún más salir del atolladero. No hacer nada es olvidar cerrando los ojos, hasta que la sensibilidad y la melancolía invadan en algún semáforo, para bajar la ventana lentamente, y las monedas a las manos infantiles de pies descalzos.
Sin duda desprendernos de algunas monedas es el gesto bueno que nos hace sentir mejor, aunque no sea suficiente, aunque paradójicamente pudiera traer resultados inversos. La magnitud del problema rebasa, atolondra y ciega, llevándonos en ocasiones a evadir una problemática estructural que requiere soluciones tajantes, entre otras: (i) fortalecer el marco normativo para hacer cumplir la ley, sin distinciones; (ii) limpiar de componendas y corrupciones nuestro sistema educativo; (iii) reformar y fortalecer al Estado, buscando que su actuar sea funcional y acorde a nuestra historia e idiosincrasia; (iv) erradicar la viciosa sociedad imperante entre quienes nos gobiernan y sus socios; (v) robustecer, agregar valor y hacer más competitiva la economía nacional; (vi) invertir en infraestructura; (vii) reformar el marco legal laboral bajo condiciones de igualdad; (viii) fortalecer la participación de la sociedad civil. Retos titánicos, de todos, que a mi considerar requieren un cambio de paradigma: tomar conciencia de que la injusticia y las asimetrías nos circundan, y que actuar ante ellas, y tenerlas presentes, debería ser ingrediente esencial de nuestras acciones individuales.
Con esto no quiero decir que haya que quitarse el guante de golf para ir al barrio a cavar la zanja del drenaje que ya viene (o, más bien, que haya que dejarse el guante por aquello de los callos). Aplaudible es la solidaridad activa, más extenderla a la generalidad poblacional es gesto utópico, más aún ahora en tiempos individualistas de tequío en extinción. No creo en el abandono de las comodidades ganadas; lo infiero como retroceso. No creo en la dadiva ni en las políticas redistributivas; atentan contra la meritocracia. Creo sin embargo en la obligación ciudadana de conocer y entender la situación de la colectividad, sus necesidades y las carencias, y buscar que sus acciones individuales retribuyan en lo individual, en consistencia con el mejoramiento colectivo. Fundamental el individualismo responsable en el México de las yagas sangrantes.
Un paradigma de lo que estamos hablando, de corrupción, fracaso y malinterpretación del actuar público con fines individuales, es el ocurrido durante el sexenio pasado en el marco del programa Marcha hacia el Sur. Su misión era llevar inversión al sur para generar empleos y mejorar la calidad de vida, más nada de eso ocurrió. Incluso The Economist hace mención a apoyos públicos a empresarios mexicanos y a empleos nunca materializados. Es de saber general la existencia de empresarios y autoridades coludidas en un fraude de empleos ficticios que dilapidó recursos públicos. Acto antipatriótico donde los hay. Paradigma de acción en provecho individual cueste lo que cueste, y a costa de los más jodidos.
Ya lo he dicho: no creo en utopías, ni en redistribuciones, ni en misiones imposibles, ni en estados paternalistas que todo lo abarcan. Solamente creo en que el punto de partida de las titánicas tareas que tenemos enfrente es el respeto de la legalidad y el castigar a aquellos que, desde la ilegalidad, y al no ver más allá de sus narices, nos comprometen a todos.

17.5.08

16.5.08

Alfil deslumbrante frente a Sergio Urias




2.5.08

Modelismo

(Publicado en El Siglo de Torreón el 27 de abril de 2008. Versión original aqui).

Piscar las ideas de terceros y pasarlas por el filtro de la valoración, antes de dar forma a las propias. Proceso largo, continuado, por demás fascinante, que asemeja a esa actividad del modelismo que entretiene a tantos en la tienda de trenes miniatura que frecuento los sábados. Salir a la calle a buscar la gomina que permita que una hélice gire sin romperse; ese impecable avión sobre una mesa al que sólo le falta una turbina y algunas secciones rojizas de fuselaje; la idea propia como proceso inacabado, siempre cambiante, donde razones y acontecimientos exógenos van poniéndole un tornillo a alerón derecho, o de plano desvistiendo al piloto.
Lo anterior viene a cuento por aquello del proceso integral para darle forma a estas líneas. Me ocurre ver la semana fluir entera tratando de encontrar algún tema, utilizando las interpretaciones de otros como alimento, espejo, cartoncito para sujetar el ala, o simplemente bola de papel que directo vuele al cesto una vez masticada. El caso es que durante la semana que termina –por ejemplo, me he sorprendido dándole vuelta a toda ésta descomposición política, a todo este encono, sin tener la pieza que me permitiera al tren de aterrizaje deslizar la idea.
El miércoles, sin embargo, escucharle a Leonardo Curzio el adjetivo “anómico” en su programa radial derivó en estas líneas. En términos sociológicos la conducta anómica es el conjunto de actividades que lleva a cabo un grupo social por mera repetición. Es algo así como el borrego convertido en borregada del borrego y de la borregada. Los grupos detrás de las porterías entonando los mismos cantos y con los mismos peinados. El mall, el helado y el filme los domingos. La luz roja de aquella esquina siempre infringida por considerarla innecesaria. Los tumultos que rompen en las tiendas los cristales en épocas de desabasto.
La libertad individual y de grupo no tiene condena, por más que rechacemos la uniformidad, más sin matices deben rechazarse aquellas conductas anómicas ilegales que descomponen el tejido social. En nuestro México el actuar ilegal, la conducta tramposa y enconada, se está generalizando a límites absurdos. Nuestro coexistir es una mezcla peligrosa de ilegalidad, polarización y descontento social, donde además el cinismo irracional adereza la descalificación al otro.
Solamente en la semana que termina: (i) un absurdo y descabellado valemadrismo del gobernador de Jalisco ante sus opositores, con aires de púlpito; (ii) la uña larga del empleado de los Pinos que seguramente quería traerle a sus compadres algunos gatgets desde el viejo New Orleans; (iii) la normalidad pasmosa con que hemos adoptado la noticia de ser el país con mayor número de robos con violencia; (iv) la desafortunada y subjetiva calificación del Ejecutivo Federal a sus opositores; (v) la patrulla policiaca que tantas veces he visto bajarle lana a los franeleros vecinos que solo responden con un encogerse de hombros; (vi) la persona de la que me despedí hace días con prisa, porque debía pasarle dos mil dólares a un periodista al que en la llamada telefónica le dijo “soy Santo Claus”. La desfachatez acrecentada de la corrupción que todo lo invade con su costra negra.
Nos encontramos entonces con una estructura social fundamentalmente defectuosa. Leonardo Curzio hablaba sobre algo incrustado al chip del mexicano que estaba torcido. No creo que tanto. Más lo peligroso es que la anomia en cuanto sentimiento colectivo percibe que la única técnica trepadora efectiva es la de la trampa. Conduce necesariamente la anomia a la alineación y al cinismo de cada elemento de la sociedad bajo premisas equivocadas, y en consecuencia al deterioro acelerado del marco normativo. Necesario es entonces detener esa dinámica peligrosa mediante la aplicación ciega del marco normativo. Aunque parezca circulo vicioso que no tenga fin, y aunque la parcialidad de nuestras autoridades nos llene de dudas.