24.10.10

A tirar la primera piedra.

Pero ya estoy harto de escribir de toda esta mierda de violencia, como queriendo llamar la atención o subir el rating.

Como si tratara de hacerlo para buscar las orejas y los comentarios. Como si estuviera intentando dar voz a alguien, o algo, o varios, lanzar la queja. Nada me desmotiva más que escribir sobre hechos destructivos. Es más: en materia de temáticas, la mayoría de las chingaderas me valen absolutamente madres; lo único que privilegio es el lenguaje y sus juegos florales. Y perdónenme la bocaza por allí, colegas, esta bocota de come-hormigas que ni siquiera pudo corregir Socorro, y eso que me embutió el hocico varias veces de serranos. Pero también estas mentadas de madre (estas chinga-liebres al por-mayor), son riqueza terciopelo de la lengua de Cervantes, absolutamente. Así que por allí empecemos, y basta, que no quiero desviarme. Pero el hartazgo es el que sube de color estas letras. El hartazgo de las balaceras reanudadas, de las granadas de sirenas nocturnas, del ciudadano rehén de nuevo, de escribir estas madres, y de todo eso que flota en el lago de una institucionalidad rota.
Dejar a un lado entonces cualquier plan de escribir ficción: no hay letras que alcancen lo que la realidad nos muestra. Una realidad deshecha que todo lo supera. Donde cualquier intento, por indagar entre sigilosos senderos de creación, encuentra ojos vacios, un patio gris en un día gris lleno de palomas caminando lentas, y la frágil soledad del patio, donde nos damos cuenta que el tiempo fluye incesante hacia la muerte; todo esto en el centro de un país que se desmorona.
Así que la realidad somete. Golpea abofeteando. Carne cruda que descarapela la sangre, y que con voz clara nos dice lo que nos negamos a escuchar, nos dice AQUÍ ESTOY, y abre los ojos, ve a tu lado, y escucha bien claro lo que te digo: “Estás viviendo un sistema injusto y corrupto, en una sociedad fragmentada, de advenedizos gandallitas, sociedad racista y cobarde, no solidaria, no participativa, de egoísmos individualistas, de sálvense quien pueda; es por ello que nos desmoronamos.”
Y escuchamos, y, en medio de cualquier reflexión, vemos (o intentamos ver) entre la oscuridad de la noche, buscando entender algo.
Pero no entendemos nada. Nos desesperamos de la desfachatez y del desfalco, de la impunidad de los culpables. Nos desesperamos e intentamos exigir, decir, poner todos los puntos sobre las íes, y al final de cuentas gritar: ¡señalemos los culpables! Pero no los encontramos. Se nos esconden. Nos empantanamos en temas de competencias, esferas jurisdiccionales y federalismos renovados. Y entre la difusa realidad pareciere la solución no existir. Y así, hablando de mi tierra, por ejemplo, este puto basurero que es el Torreón de hoy, que hace 10 años era ciudad pujante, dinero, gasto, actividad, garantías de tranquilidad ciudadana, sitios de esparcimiento y posibilidades de desarrollo para nuestros jóvenes. ¿Qué queda hoy, hacia donde vamos? ¿Quiénes fueron los culpables de todo el embrollo, de todo el deterioro? Hablemos alto, exijamos, señalemos culpables en los ámbitos en que participemos.
La verdad me molesta venir a manchar un domingo con peroratas estomacales de viseras marchitas. No me gusta hablar desde el estomago porque me salen gases con flama y apestan. Pero todo esto es desesperación inacabada. Y más aún desespero, porque, al menos en una cultura de legalidad, en un entorno de institucionalidad y certeza, con gobernantes trabajando en realidad por el bien común, debería prevalecer la paciencia ciudadana, y acompañarse de confianza y espaldarazo para y con nuestros gobernantes, ya sea porque las políticas públicas comienzan a dar resultados, ya sea por la existencia de una planeación adecuada, y herramientas tangibles de transparencia y rendición de cuentas.
Pero la historia de ahora es la misma a todo lo largo del país, a nivel nacional, municipio tras municipio, serranías carreteras negocios misceláneas, los recónditos valles, en el uniforme y en el escritorio, en lo público y lo privado: todos parecen estar vaciando los bodegones del barco, lanzándose al agua junto con las ratas, en sistémica corrupción donde México parece no agotarse. ¿Quién será aquel que tire la primera piedra?
Que vayamos en un espiral descendente hacia un deterioro institucional extendido, hasta encontrarnos en ruinas, y sobre ellas construir algo nuevo. Es algo que me resisto a pensar como posible, porque distingo retrocesos aun mayores en dicho escenario, que el continuar en el paso titubeante del ahora.
Que vayamos en un espiral descendente hacia un autoritarismo renovado, con un mando de pocos, represión y háganle como puedan. Es algo que me resisto a avalar, convencido de las virtudes de la democracia y de las sociedades liberales modernas.
Entonces, en el muro y en la pared de este laberinto, entre los callejones sin salida de ladrillo, me siento aquí a ver de nuevo la oscuridad de la noche, preguntándome: ¿Quién será aquel que tire la primera piedra?

19.10.10

Revolución y belleza.

Revolución, queja, juventud, belleza, cabellera al viento, bufanda cafe, puño a lo alto, grito enfaico, bandera lineal al centro de la protesta. Que ademas ocurra en Francia = Trending Topic; y de alli las portadas dando por el mundo vueltas.

13.10.10

Algo sobre ese largo dedo tan entrañable.

Desde ayer en la noche he estado pensando escribir sobre Chile y la historia de los mineros.

Habituado --por desgracia, a prácticas y triquiñuelas mexicanas, lo primero que alimentó mi morbo (y dirigió mis naves) fue el manejo mediático y la capitalización política del acto. Pero, sí de puesta pura en escena se tratara, mi inconsciente me decía que algún engranaje funcionaba diferente: había algo original hasta en la sonrisa tatuada de Piñeira, hasta en los abrazos que les dispensaba a los familiares.

Ante el desconcierto traté de encontrar explicación y hebra. Para hacerlo, recurrí a un amigo chileno, cuyo email transcribo abajo con su permiso.

Su tono es también original y convencido: “Gente profesional, haciendo el trabajo como profesional no preocupado de la política y la demagogia, poniéndose metas y planificando bien para cumplirlas”.

Obviamente, no pequemos de inocentes: Maquiavelo también vive en Chile. La diferencia es que trabaja de la mano con todo el país.

-----Mensaje original-----
De: Ernesto Ramos Cobo
Enviado el: miércoles, 13 de octubre de 2010 11:46
Para: Emilio Deik
Asunto: Mineros

Oye lo manejaron muy bien desde el punto de vista de imagen (de chile hacia el mundo).

Que piensas, qué fue porque pineira es un politico empresario o porque es un politico politico? Que se dice por alli del tema?
Como lo ven ustedes desde adentro?

Me interesa tu opinion, quiero escribir mi columna de esta semana sobre eso
-----Mensaje original-----
De: Emilio Deik
Enviado el: miércoles, 13 de octubre de 2010 10:01
Para: Ernesto Ramos Cobo
Asunto: RE: Mineros

Estimado Ernesto,

Déjame darte un contexto, para que puedas escribir de mejor forma tu columna.

Aquí Chile la derecha está relacionada a la clase empresarial históricamente, pero con Piñera, se unió toda la clase profesional y ejecutivos de empresas privadas muy preparados que vieron en este gobierno la oportunidad de apoyarlo desde su lado independiente pero con ideas liberales pro derecha.

Cuando salió electo Piñera, conformo un gabinete de ministros, todos profesionales de elite del país, hablan perfecto inglés el 100% tiene MBA de negocios o especializados fuera e Chile (70% usa y 30% Europa), y un 30% son doctores en la áreas donde se desempeñan. Por ejemplo el ministros de obras publicas era el ex decano de la mejor escuela de ingeniería del país (ahí estudie yo). También esta en el ministerio de justicia, el mejor abogado de la historia de Chile, un abogado amigo mio Felipe Bulnes, de 38 años un talento nunca visto antes, Lawrence Golborne ex CEO de Cencosud, un grupo de
9 billones de dólares, el ministro de salud es el ex director de la clínica privada más exitosa de Chile, cada uno de su equipo son tipos talentosos, no militantes políticos en su generalidad y tipos que viene de hacer las cosas perfectas en el mundo privado.

Entonces cuando Lawrence se enfrenta a este problema, establece un plan de hacer 17 perforaciones para testear si existe vida, al dia 17 los encuentran con un ducto que no mide más de 18 cm, es decir buscan una aguja en un pajar, ahí se asesoran de la NASA (viene un equipo de 10 tipos top) para regular la dieta, etc. Generan un hospital de que los monitorea las 24 horas, existían tipos con problemas dentales, enfermedades al pulmón, diabetes, en resumen alto riesgo. Y planifican la etapa del plan de rescate haciendo tres planes (A. B, C) el plan B tuvo éxito es una máquina que cuesta us$300k x dia, más 1 millon de dólares por la instalación. Preparan a los recastistas 1 mes, diseñan el mejor plan de comunicaciones para las familias, chile y el mundo. Contratan un satélite ara transmitir al mundo la noticia, esa señal la regalan con el objetivo de la transparencia de la información, un riesgo que toman, para demostrar el estilo de gobierno.

Involucran a Codelco empresa nacional de minería, Mineras privadas (brarrick, anglo american, etc.), fuerzas armadas, universidades y el mundo político (la oposición a l gobierno no ha criticado nada al revés se ha unido a colaborar.

Hoy existen 1.500 periodistas de más de 39 paises, que no pueden creer que Chile sea un país tan pequeño y organizado, esta son las mejores cartas de presentación, eficiencia ante la peor desastre minero del mundo, y aquí no hicieron vista gorda no los dieron por muerto y hicieron un santuario, aquí gastaron más de 20 millones de dólares, demotrando que la vida para este gobierno vale y por eso no quiere el aborto.

Magistral no? Gente profesional, haciendo el trabajo como profesional no preocupado de la política y la demagogia, poniéndose metas y planificando bien para cumplirlas, no sabes el orgullo y la emoción que siento, ayer me quede hasta las 4 am viendo como Chile entero se emocionaba hasta las lagrimas por cada minero que volvia a la vida,

Viva Chile!!

9.10.10

Letanía Neutral


… de que el tiempo se escurra sin noticias y la realidad no sorprenda, de eso parece tratarse toda esta historia que no termina de ocurrirme. Es como estar ahorcado por una letanía neutral e incandescente; un caer interminable al abismo de sus ojos.



Ni siquiera la calle logra distraerme. La veo desde mi balcón, adornada de faroles que atardecen, se alarga serpenteando bullicios, lo que me lleva de nuevo a sus ojos negros, al recuerdo de nuestro árbol en esa tarde de pájaros. En la esquina un grupo de estudiantes golpean un poste quitados de la pena, los veo gritar, correr carcajeándose. Pero en realidad la estoy recordando.


Allí a la izquierda, a un costado, está esa tintorería, por ejemplo, en los bajos del que fue tu edificio, y pasos más al frente la escalera sumida gastada que da al subterráneo, accede al rio de autos por donde solías marcharte. Ahora todo parece fluir adormecido. A mi lado los arboles cambian de color apenas temblando. Los negros desagües del edificio vecino parecen verticales insectos doblados. El viejo con sombrero de flores escupe gargajos a los peatones.


La primera vez que te vi fue justo en esa calle. Yo había salido al balcón a fumar, como ahora, y mientras la ceniza deshaciéndose, surgiste caminando, cruzando cuidadosa el paso de cebra, esperando un taxi, agarrándote el pelo, cerrando los ojos…: mujer de zancada grande bajo la lluvia. Pero eso fue hace tiempo, sin embargo, antes que me adiestraras sobre las capacidades recovequiles de la lengua, o que me enseñaras a chiflar sin los dedos.


Sobre lo primero necesitaría más palabras para hablar, y huidizo buscaría un vocabulario mas liquido, digamos, para ahondar en vértigos, y para lograr que estas gotas aceitosas mojen solo con la puntita esa línea erizada de piel, y rozarla así, nada más, con el borde, muy despacio…; sobre lo segundo, emulando a Cortázar, debería bajar corriendo la escalera que da a la calle hasta el domingo 7 de noviembre, justo un año atrás, uno baja los dos pisos y ya es el domingo, y casi me atropella tu chiflido al taxi, desde la banqueta lluviosa.


¿A dónde vas? –alcancé a preguntar.


Pero tu respuesta, más que un silencio, fue estamparme la puerta en la jeta con un chin-ga-tu-ma-dre quedito no estés molestando.


“¡Ah cabrón --pensé…, esta pinchi vieja si se me alucinó de plano!” Pero no me desanimé, y continué con mi vida.


Así que un mes puede pasar rápido, sin lugar a dudas, y desde el balcón respirar, entrar, cruzar, acceder, bajar, comprar, regalar, gritar y, principalmente, observar…, y del balcón a tu información media un paquete de post its, más o menos los necesarios para importunarte: la hora exacta en que salías a la parada del subterráneo, por la mañana, aun con el pelo húmedo.


Entonces un circunstancial cruce de caminos comenzó a suceder con consistencia de magia. Su piel era transparente, la cabeza redonda, sus ojos negros, arracada sutil apenas rozando el pliegue superior de la oreja derecha, una zancada grande de andar y volver y regresar, así durante todo el día. Hubo algunos encuentros iniciales que recuerdo nítidos: en el supermercado moviendo el letrero del precio en el montículo de fruta, o en la tienda de Té, levantando la nariz mientras abanicaban los olores del bote metálico.


Pasaron las semanas, hizo un poco más de frio, y nuestras costumbres conectadas acrecentaron los encuentros, y entonces la indiferencia esbozó media sonrisa. Las palabras surgieron en una tarde de plaza: y otro día por primera vez nos rozamos las manos. La autentica carcajada echada atrás, que se veía venir, y que después explotaba entre dientes como grito cavernario. Una tarde, quitada de la pena, mencionaste estar en tus días y que andabas liadilla. Te encontré después en una tienda con el disco de Radiohead en la mano: “Creep” –dijiste al despedirnos, con una sonrisa que no acabo de descifrar, y aun no sé si a mi te referías. La primera vez que entraste a mi departamento hablabas de Nirvana.


“Se suicidó, sabes, Kurt Cobain?” “Ya no pudo vomitar tanta autenticidad”.


“Fíjate”: --decías enfática: y ponías el video del hombre que vendió el mundo, el de Geffen Records, y lo escuchabas con una mirada que no era tuya, que no existía, la ideal para acompañar a esa guitarra llorando.


A partir de esos días y durante los meses siguientes nos fuimos fraguando. Nuestros cuerpos comenzaron a cohabitarse con frecuencia, su lengua a desinhibirse mostrando atributos, la toma de casa lenta y sin hostilidades, de ropa imperceptible inundando las repisas. Esos fueron días de luz, pero también de silencio. Algunas veces por las noches no había palabras, aunque yo lo intentara. La veía encerrarse en el baño, extrañamente, durante horas, y solamente la luz al fondo del corredor, desde donde escuchaba sus ruidos. Después quitada de la pena hablabas de alfajores, que íbamos a comprar calle arriba. Otra noche ruidos y luces y encerrada de nuevo por horas, y no se que más decir. No quiero hablar porque nunca lo entendí. Cuesta incluso trabajo escribirlo. Eran como yagas pero como que en la palma de la mano unas marcas rojizas, y no me contestaba y hasta mañana, recargada en la almohada, sin hablarme.


Y el día siguiente mostraba un fluir sin evasivas: ¡vamos nada más a caminar! ¡Siente el viento, con confianza, el mundo está abierto, chifla, hazlo así! --me gritaba, ¡hazlo sin dedos!, con la cara al viento, ¡súbete a esta piedra!


Y por la tarde Freddy Mercury frente al piano.


“Pocos como él” --decías, hablando de Freddy por media hora, sus costumbres, su vida, siempre Freddy. “¿Sabías que nació en Zanzibar y descendía de persas?” --preguntabas, sobando tu panza liquida, con un ademan circular para invocar a la fuerza.


Y después la madrugada la pasábamos sumidos en el vertiginoso encuentro de nuestros cuerpos.
Y el día siguiente, o las semanas siguientes, de nuevo tus rutinas en el baño, la luz, el largo corredor, tus marcas rojizas, el silencio…


!Te lo dije desde el primer día! –respondiste de mala gana esa noche: un chin-ga-tu-ma-dre quedito no estés molestando.


Y no te volví a ver. Esa mañana nos despedimos cada quien a sus ocupaciones, y desapareciste desde entonces. Ignoro cualquier detalle: es como estar ahorcado por una letanía neutral e incandescente.

25.9.10

El Idealista Maltrecho

Estas letras a propósito de la conferencia de Sergio Fajardo, y de algunas vivencias especificas vinculadas con conceptos que el colombiano abandera.

Primero hablaré del proyecto urbanístico High Line de Manhattan. Icono mundial de redestino de infraestructura urbana, de utilización del espacio público como parte de esfuerzo integral para combatir zonas deterioradas de alta criminalidad. Es un parque público construido en abandonadas vías de tren, que culebrea unas ocho cuadras desde la Washington y la Gansevoort hacia el norte. Un armatoste de metal oxidado tornado en verde, que corta de tajo el Distrito donde se Empaca la Carne, justo la zona de la parte baja de Manhattan, donde viví cerca de tres años a mediados de los noventas. Esa vivencia entrañable en esa ciudad, me llevó a experimentar en carne propia esa zona devastada.

Obviamente la juventud y su curiosidad, la fascinación por los trasfondos que la Gran Manzana ofrecía, me obligó a sumergirme en los sitios asociados al jazz, la música, el sexo, la droga, especialmente en ese distrito neoyorkino de los empacadores de carne. Recuerdo el Cooler, clavado en las catacumbas, donde tenias que sacar de los escusados a los junkies pinchándose en el pene con los ojos blancos. Desnudos rapados defecaban en los mingitorios. Chicas sin bragas prostitutas perdidas vestidas de enfermeras vomitando bilis en la banqueta llorando. Y en el Vault estaba prohibido intercambiar sangre.

Pero eso fue entonces. Porque hoy, 15 años después, justo esa zona es polo turístico, gastronómico, enclave de la moda, hervidero de sucesos, generador de plusvalías. Y en el centro de esa transformación, High Line es moño verde y alargado, que decora un esfuerzo y estrategia integral de regeneración, de coordinación entre lo público y lo privado. Viví esa zona antes. La he visto ahora. Y les puedo decir que es posible cambiar las cosas.

Pero lo que en realidad me deschaveta es como lo hicieron. Vayan ustedes a www.highline.org y píquenle en historia. Verán como los vecinos, desde lo individual, lucharon para la preservación y el reuso de esas vías elevadas como espacio público. Trabajaron e hicieron a las autoridades un plan. Insistieron y tocaron puertas. Empujaron y se hicieron oír como ciudadanía responsable. Y, como resultado, al día de hoy, es posible subir a ese prado alargado, y con el viento frio sentirte vivo.

La visita de Fajardo ha reafirmado mi convicción de que la creación de espacio público es fundamental en la búsqueda de cohesión social. Y también del compromiso ciudadano.
Justamente, el pasado febrero escribí en esta misma columna, sobre Fajardo y el espacio público: “es prioritario, a mi considerar, una política urbana de vanguardia que haga ciudad. Que procure sitios donde el ciudadano se encuentre y se reconozca, lugares que en sí mismos inviten a la comunión con el Otro.”

En ese entonces, en febrero, precisamente motivado por comentarios positivos a ese editorial, por la historia de participación ciudadana detrás del éxito del High Line, y guiado por un idealismo maltrecho, pero aun existente, me puse a trabajar de la mano con Issac Broid, arquitecto ganador de la bienal de arquitectura 2008, verdadero mounstro del espacio, y amigo cercano de Giancarlo Mazzanti, arquitecto de la premiada Biblioteca España de la alcaldía de Medellín. De nuestro esfuerzo resultó una propuesta específica de intervención urbana en Torreón, que le hicimos llegar a Eduardo Olmos. Solicitaba apoyo, desglosaba pasos concretos, esbozaba vehículos jurídicos necesarios, y planteaba la existencia de una estrategia mercadológica, encaminada a buscar una opción autofinanciable.
La propuesta a Olmos decía: “Los engendros desarticulados de los que hablo, no son más que el resultado de pensar que la solución contra la violencia de las ciudades es la creación de pequeños guetos protegidos. Eso nos ha llevado a concebir la ciudad como una simple suma de elementos aislados, casi independientes, que se unen por las vías de los automóviles. Una visión miope, sin lugar a dudas. A mi considerar es posible recuperar la seguridad pública, y la convivencia ciudadana, en la medida que rescatemos nuestros espacios colectivos, en el momento que el ciudadano se apropie de los sitios de convivencia que le corresponden. Lo haremos con énfasis en los espacios colectivos”.
Y esbozaba a detalle:
“El concepto general es aprovechar la anchura de algunas calles del centro, y hacer en ellas pequeños parques. Aquí desearas seguramente cerrar la página, identificando algo irrealizable: calles comprometidas, tráfico, inviabilidad política. Pero no. No propongo intervenir todo el ancho de la calle, sino sólo una franja lateral. Tenemos calles de 21.5 metros de ancho por 85 metros de largo, algunas subutilizadas por la vialidad. Identifiquemos aquéllas calles equidistantes a grupos de población desatendida, susceptibles políticamente de intervención en un carril, sin comprometer la vialidad.”
“Una vez determinadas las franjas exactas, insertemos en ellas pequeños parques lineales de 85 metros de largo por 7 de ancho. Visualicemos en el centro cinco chorizos arquitectónicamente atractivos, que en su diseño mismo potencien el comercio aledaño y respeten la banqueta. Coloquemos en ellos mobiliario de vanguardia en forma de juegos y de bancas, con los mejores estándares de acabados y diseño. Trasplantemos árboles frutales que den buena sombra, para disfrutar el sabor y aroma de las frutas. Pongamos piso blando para juegos infantiles, chorros de agua para los niños con sistema sustentable de reciclamiento, y hagamos que nuestro caluroso verano se llene de agua, refresque, reconforte y solidarice haciendo ciudad. Hagamos lo más bello para la zona más golpeada.”
“No se trata de decir adiós a los coches, ni limitar posibilidades a los locatarios cercanos. Al contrario. Las plusvalías se mostraran naturalmente, a la par que se atiende la urgencia ciudadana de sitios dignos para el esparcimiento. La recreación traerá familias más sanas, liberará presión familiar, las madres no estarán encerradas durante toda la tarde con los niños. El encierro de ahora genera insatisfacción, frustración, violencia domestica en el nivel micro, ecos en lo macro, patologías sociales.”
Debo decir que no he tenido respuesta alguna de Eduardo Olmos respecto a la propuesta del pasado febrero. Su mutismo, sin embargo, no desalienta. Entiendo de tiempos, de presiones, y de una coyuntura de seguridad delicada, que ha exigido toda su atención, responsabilidad y fuerza. Sin embargo, me parece que el ruido generado por la visita de Fajardo, abre una rendija al sueño de este idealista maltrecho. Tener esos parques llenos de luz y de agua y de frutas, allá, en nuestro centro, contiguos a donde todo empezó; para mi podrían ser parte de una estrategia integral.
Así: si hay rendija que abrir, la visita de Fajardo se torna herramienta. Aplaudo entonces la iniciativa del gobierno de analizar ideas nuevas bajo un marco de transparencia. Y precisamente por ello pongo ahora la propuesta concreta ante los ojos de la ciudadanía. Y los invito a analizarla con la seriedad que la situación merece.

18.9.10

Rastro Invisible

Fue en un día lejano cuando coincidimos de nuevo –y por última vez, en el fondo esquinado del parque.
Si mal no recuerdo nos encontramos un sábado, en ese sitio donde unos y otros sólo se murmuran a veces, y si acaso se dirigen la mirada, es muy de vez en cuando; excepción a sus encuentros furtivos.
Tal fue nuestro caso, al menos de principio.
Después pasó el tiempo desmoronándose todo, y cruzando no sé qué palabras repetiste la palabra Celos. No me importó. Yo levanté la cara a los arboles, deseando quedara claro, que no había venido a experimentar con gritos; a los delatores, prefiero, cerrarles los espacios. Pero entonces, en ese largo parque, y en esa banca lejana, parecíamos, entre una oscuridad ficticia, dos cuervos sin buscar algo. Te adelantabas manoteando confesando sin razones, casi me gritabas salivando. Tu gabán azul, taladrada la arracada al pezón, una línea negra tatuada bajo tu pestaña, remataba flecha curvilínea justo al borde de la frente. Recuerdo que salivabas y que me gritabas a centímetros de distancia.
Pero… ¿ya conté de donde venía yo, o que hacia allí?
En realidad no sé si ya lo dije. Tanto ruido y violencia desubica, se vuelven incoherentes las historias, se resisten los recuerdos a formarse como solían hacerlo. Yo solo sé que ese parque existía, y que cuando entraba la noche lo visitábamos como fantasmas. Sus abismos servían para desaparecer de la vida, para husmear la presa siguiente, sus hábitos, manías, sus momentos de descuido; caminaba lentamente por sus bordes, en el interior por sus senderos, con un olfato atento, casi todos los días, entrada la noche. Me sentaba en alguna de sus bancas frotándome los nudillos en la madera crujiente, hasta que algo ocurría, hasta que se manchaba de sangre.
Regresan entonces a mi memoria sus gritos, salivando en esa oscuridad ficticia:
“!un cuchillo a todo lo largo, o la segunda falange, nada mas…!”.
“¿Hay diferencia?
¡Ehhh!
¿Sangrará igual?”

***

No puedo continuar narrando al detalle porque nos invadió la violencia y es difícil recordarlo. Tengo en la memoria un gusano que taladra: el vaho caliente de un cigarro oscuro, las cicatrices en sus pliegues, su sexo húmedo, cuando empezó todo. No puedo narrar al detalle porque fue como cuando en un cruce de cebra, por ejemplo, de una calle a otra, una llanta desparrama el cuerpo de un pájaro, y no reparamos si es chanate o chilero: es pájaro muerto que un niño levanta sin asco del ala; y su sangre, que pesada cae del pico, se asemeja a esa otra, que también circular y espaciada, se fue salpicando a lo largo del piso, dejando las etiquetas precisas que después marcarían un rastro.

16.9.10

Julio Cortázar sobre el Jazz, y un pequeño fragmento de la La Vuelta al Piano de Thelonious Monk.




Ahora se apagan las luces, nos miramos todavía con ese ligero temblor de despdida que nos gana siempre al empezar un concierto (cruzamos un río, habrá otro tiempo, el óbolo está listo), y ya el contrabajo levanta su instrumento y lo sondea, brevemente la escobilla recorre el aire del timbal como un escalofrío, y desde el fondo, dando una vuelta por completo innecesaria, un oso con un birrete entre turco y solideo se encamina hacia el piano poniendo un pie delante de otro con un cuidado que hace pensar en minas abandonadas o en esos cultivos de flores de los déspotas sasánidas en que cada flor hollada era la lenta muerte de jardinero. Cuando Thelonious se sienta al piano toda la sala se sienta con él y produce un murmullo colectivo del tamaño exacto del alivio, porque el recorrido tangencial de Thelonious por el escenario tiene algo de riesgoso cabotaje fenicio con probables varamientos en las siertes, y cuando la nave de orcura miel y barbado capitán llega a puerto, la recibe el muelle masónico del Victoria Hall con un suspiro como de alas apaciguadas, de trajamares cumplidos. Entonces es Pannonica, o Blue Monk, tres sombras como espigas rodean al oso investigando las colmenas del teclado, las burdas zarpas bondadosas yendo y viniendo entre abejas desconcertadas y exágonos de sonido, ha pasado apenas un minuto y ya estamos en la noche fuera de tiempo, la noche primitiva y delicada de Thelonious Monk.

La vuelta al piano de Thelonious Monk (fragmento), Julio Cortázar.

15.9.10

Las líneas de la mano (Julio Cortázar)



De una carta tirada sobre la mesa sale una línea que corre por la plancha de pino y baja por una pata. Basta mirar bien para descubrir que la línea continúa por el piso de parqué, remonta el muro, entra en una lámina que reproduce un cuadro de Boucher, dibuja la espalda de una mujer reclinada en un diván y por fin escapa de la habitación por el techo y desciende en la cadena del pararrayos hasta la calle. Ahí es difícil seguirla a causa del tránsito, pero con atención se la verá subir por la rueda del autobús estacionado en la esquina y que lleva al puerto. Allí baja por la media de nilón cristal de la pasajera más rubia, entra en el territorio hostil de las aduanas, rampa y repta y zigzaguea hasta el muelle mayor y allí (pero es difícil verla, sólo las ratas la siguen para trepar a bordo) sube al barco de turbinas sonoras, corre por las planchas de la cubierta de primera clase, salva con dificultad la escotilla mayor y en una cabina, donde un hombre triste bebe coñac y escucha la sirena de partida, remonta por la costura del pantalón, por el chaleco de punto, se desliza hasta el codo y con un último esfuerzo se guarece en la palma de la mano derecha, que en este instante empieza a cerrarse sobra la culata de una pistola.

“Historias de cronopios y de famas”, 1962

11.9.10

Un breve e inocente posicionamiento a (des)tiempo


Me pongo a escribir como una forma de gritar: sin menguar en el esfuerzo, convencido de que hay salidas.


En su faceta de ensayista, Jorge Volpi dice que “a los latinoamericanos no nos distingue nuestra fantasía, sino nuestra resignación. Resignación –continua Volpi— de turbio origen católico que explica el conformismo que nos convierte en súbditos dóciles, en bien dispuesta carne de cañón, en sucesivas victimas del colonialismo, el imperialismo, el comunismo, el capitalismo y el pos colonialismo”.


Su concepto clave a resaltar es “súbditos dóciles”. Atreviéndome, a la vez, a definir el mencionado pos colonialismo, como el régimen oligárquico de poderes facticos, que administrando la desigualdad nos gobierna.

Así, resignados, súbditos dóciles, acostumbrados a vivir y luchar en un país creado a base de privilegios, no conocemos otra cosa, sino una cotidianidad de favoritismos: el esquema opresor de facto en el que vivimos. Esa desafortunada creación histórica (nuestra sociedad, nuestro lugar y voz en la sociedad), se distingue por una limitada capacidad de exigencia, al grado que el estomago del país se ha distendido sin contrapesos, hasta límites hace años insospechados. Ahora, justo en estos días que coinciden con la efeméride del bicentenario, somos testigos de una amalgama compleja de circunstancias que invita a pensar, que demanda atención y, sobre todo, y ahora sí, al margen de lo turbio del tatuaje católico (siguiendo con Volpi), que exigen actuar sin resignación:


(i) el existente racismo étnico y de clase, herida que polariza el dialogo; (ii) el inacabado esfuerzo por construir un Estado de Bienestar; (iii) el embrutecimiento televisivo y sus creaciones electorales talladas a mano; (iv) el impacto de una crisis económica de proporciones mundiales; (v) el entronamiento de Don Dinero, producto de la masificación global del consumo; (vi) la explosión demográfica y el chingatal que somos; (vii) la reconfiguración de la pirámide poblacional, la mayor generación histórica de mexicanos en edad productiva; (viii) la ausencia de oportunidades atractivas para nuestros jóvenes; (ix) la confluencia del primer/tercer mundo, que este país sufre y goza; (x) el crecimiento en infraestructura y la consecuente movilidad masiva de personas; (xi) la planeación urbana que no hace ciudad; (xii) la ausencia de herramientas básicas educativas para discernir conductas ilegales; (xiii) la desastrosa educación y el sindicato de maestros; (xiv) la debilidad institucional para encausar la transición democrática; (xv) lo brilloso del billete verde que todo lo deslumbra, y su capacidad corruptora en los jóvenes; (xvi) la ceguera ciudadana en temas públicos; (xvii) la creencia (herencia) extendida de que el ejercicio del poder público es con fines particulares; (xviii) la pendejez melancólica y solitaria de creernos los mas chingones; etc., etc.

Usted sígale. Los catálogos están hechos para completarse, y a través de ellos se distingue la compleja gravedad de la circunstancia, la imperiosa necesidad de acción, de cambio. No debemos resignarnos a permanecer mudos, ni a que se siga administrando la decadencia, ni a que se agote una generación más, y la que sigue, y así, continuamente, por los siglos de los siglos, amen. No resignarnos a que regrese el mismo PRI y parezcamos detenidos en el tiempo. Ni a que quieran vernos cotidianamente la cara de pendejos con simulaciones. Ni resignarnos a permanecer en la oscuridad, a no entender los orígenes, causas, efectos, porque solo con información la cotidianidad cobra sentido, y entonces podremos remar a donde queramos hacerlo.


No resignarnos a que parezca imposible participar fuera de los moldes, enmudecer: Díganme: ¿quiénes son los que están tomando decisiones en este país? ¿Tienen las capacidades técnicas para orientar nuestro progreso –tienen el entendimiento medular del reto actual? ¿Acaso este país se merece improvisados, construidos en base a su copete?

No resignarnos a no hablar de lo insensato, a no alzar la voz sobre lo burdo, sobre la burla, sobre las acciones irregulares que nos han orillado al deterioro de este país. Si. Debemos denunciar y poner en tela de juicio las acciones irregulares, lo burdo traposo. Y, predicando con el ejemplo, diré que me parece pragmático, al grado del cinismo, ese producto mercadológico Peña Nieto, que si todo sigue igual, será nuestro Presidente. Nuestro guía, nuestro gurú, el hacedor del progreso, el tomador de las decisiones, el mero-mero matraquero. ¿Quién es? ¿Qué intereses representa? ¿No acaso es un títere de Televisa, y la continuación de lo que venimos diciendo? ¿De qué son sus pies, sino de barro?

Perdóneme al que le duela, al que haya destinado todas sus energías a ese proyecto, pero la forma en que han conducido a Peña Nieto a acceder a la silla presidencial, no es ya aceptación tácita, sino hecho expreso consumado, de que nuestras estructuras políticas, que se dicen democráticas (δημος: demos: pueblo: de todos), están cooptadas por un poder factico que controlan pocos; están maniobrados por el poder de las televisoras, cuyos contenidos, por lo demás, siempre se han caracterizado por su mediocridad idiotizante. Perdóneme al que le duela, pero para mí es más claro que el agua: ese particular proyecto priista/televisivo Peña Nieto, es a todas luces un retroceso a la transición democrática que creímos emprender, la que en algún momento nos entusiasmó. Si sus simpatizantes no lo ven con tal claridad, me parece increíble –debo decirlo, pero también entendible en este zoológico México convertido, donde el cinismo individualista todo lo privilegia.


Podrán avasallarnos con sus auditorios llenos, con toda la plana y el poder en sus manos. Pero no podrán llevarnos a la resignación muda. Las causas, los factores, la suma compleja: lo tenemos todo, usted súmele; pero no añadamos –a ese catálogo de desavenencias, la muerte de la esperanza demencial que esto se componga, tarde o temprano.
Version Siglo de Torreón: http://t.co/nouigRs

5.9.10

Modelo para Armar (o sobre los decididos machines)

¿Nos debemos a una tierra? ¿Debemos permanecer en ella en las buenas y en las malas? ¿Bastan solo las ópticas particulares?
La respuesta depende –como todo, del cristal donde se mira. Todas las decisiones merecen respeto. Nadie es imprescindible. Nadie es necesario.
Pero eso sí: no necesitamos en este país a pesimistas inmóviles en queja perpetua, inútiles y absurdos acrecentadores de sicosis colectivas. Aquí queremos a los decididos machines que desde la sociedad civil se aglutinen para exigir el cambio. Espero que este mínimo Modelo para Armar sea de utilidad para que el que quiera tome las decisiones que le plazcan.
He estado conversando con alguien en la disyuntiva de marcharse a Estados Unidos. Sus circunstancias son las siguientes: casado con tres hijos, todos con visa de turista, un hijo por entrar a la adolescencia, US$230,000.00 líquidos en el bolsillo después de quemar las naves, una maleta de sueños aun por cumplirse. Habiendo visto poco progreso en este México de crisis recurrentes, la escalada de violencia le preocupa sobremanera, principalmente por la edad de sus chicos, y por ello han decididos marcharse.
Dejar el empleo, por parte de él, no representa mayor desprendimiento. De cualquier forma “ya estoy hasta la madre de las ñoñeces de mi jefe el lunes tempranito”. Por parte de la madre, tampoco hay mayores ataduras que les impida marcharse. Familia tienen, y la tienen cercana, pero es secundario tenerlos lejos -según me ha dicho.
Según sus cálculos el billete les aguantaría poco más de dos años con los bolsillos apretados. No tener ingresos es un escenario pesimista. Están ambos consientes de que deben producir, y que esa mudanza es un salto al vacío definitivo “por nuestra seguridad y para darle mayores oportunidades a nuestros hijos”.
¿Qué van a hacer entonces?
Primero que nada constituirán una LLC, y como empleados de dicha sociedad, regularizaran el estatus migratorio de todos. Se puede cruzar como turista y después hacer el papeleo. Un abogado les organizará la historia por unos US$8,000.00 dólares, más o menos, según me dice: “le estoy negociando al cabrón del abogado, pero no se deja, tu sabes…, with the money dance the dog, con dinero baila el perro, el piporro se escucha machin del otro laredo, ¿no crees?”.
El tema migratorio es para ellos de mayor importancia. Estando legales todos vamos a tener acceso a servicios públicos, educación, salud, y los chicos seguirán estudiando. Subcontratados por la empresa, siendo ambos profesionistas, podemos prestar servicios a terceros, o comercializar productos mexicanos, o pasar los primeros meses buscando oportunidades para después atacarlos del todo. Algo encontraran –me dice: “cuantas veces no has escuchado eso de ¡que quien es trabajador en ese país, tiene alternativas! ¡esa es la tierra de oportunidades! ¡el sueño americano!”
Me dice que ya han echado números, “bien apretados, pero ni hablar” En El Paso, por ejemplo, una renta de un departamento puede conseguirse a 1,000 dólares mensuales. Eso podría ser buena opción para empezar. Podría ser atrás de Sunland. Residir legalmente en buena zona significa acceso a las mejores escuelas públicas para los chicos. Ya las hemos visto bien. Incluso avalados por la empresa podemos tener un financiamiento, y comprar una troquita de las suaves gabachas. Eso lo tenemos claro. No podemos parecer jodidos advenedizos, porque eso trae mala suerte. Debemos parecer acomodados, por lo menos. Fingir que su patrimonio corría riesgo en un México inestable, y hacernos los importantes en una mudanza necesaria. Eso es muy importante. Así la misma raza mexicana que anda por allá nos abrirá las puertas. El deptito va a estar pinchi, pero será temporal, vas a ver...
Le pregunto y me dice que sí, que sí ha leído las declaraciones recientes de Lorenzo Zambrano, el mandamás de Cemex, caca grande de Monterrey. Coincide con él en lo fundamental, pero piensa que Zambrano habla desde un estado de cuenta con saldo asumido y circuito cerrado. Por eso, sus opiniones sobre traición, sobre dar la espalda a México, o cualquier sentimentalismo del tipo, le valen absolutamente madres. Aquí cada quien hace lo que quiere.
Yo lo único que tengo es el análisis con mis dólares ahorrados y mis tres chimpayates. Por allí tengo que empezar. Es cierto, la moralina de vez en cuando me toca la espalda, me mueve el piso. Fui educado en México y Mexico me dio todo. La posibilidad de crecer con costumbres entrañables, de formar familia y ver crecer a sus hijos.
Pero eso es corazón –me dice, y ya no puedo pensar con el corazón. Ni con el estomago. No me
importa comer toda la mierda de allá.
Es cierto, me voy bien jodido, pero estoy hasta la madre de tanta tranza. No puedo ni salir a la calle. Veo ojos que me amenazan en todas las esquinas. Esto nunca se va a componer –me dice, y así le sigue, y no para, y hoy por la mañana me habló por teléfono de nuevo.
Yo ya le ofrecí ayuda, para lo que vaya necesitando, en el límite de mis posibilidades. Me urge que ejecute su plan lo más rápido posible.

28.8.10

Parpados Pesados

A uno se le antojaría que las palabras dijeran otras cosas, o que simplemente no se empeñaran para ser escritas, y que el silencio se apoderara de todo. Se pasarían más felices los días, o la existencia sería más llevadera, sí del ente racional que nos preciamos de ser, se mutara a un simple y voluntarioso armatoste hedonista, al que nada le importa. Me refiero a las preocupaciones, ya saben: la inseguridad, la situación política, alimentar, ser alimentado, progresar, satisfacer gustos. Mantener, al fin de cuentas, una línea de estatus ascendente. Ir bien, por lo menos.

Tengo un amigo al que dicen que le ha ido mal. Anda con pantalones gastados y ya pocos de sus conocidos lo saludan.

Imagínate –me dice, por fin estoy solo. Por fin vivo sin interrupciones.

Aprendes a tolerar las primeras veces en que te dan la espalda, y después todo se vuelve más sencillo, y empiezas a ser más libre.

Ahora por fin me he dado cuenta de lo poco que necesito. Eso es lo que me dice.

Quizá su filosofía sea el resultado de un mínimo amor propio, origen del fracasado. Quizá simplemente decidió no luchar. Prefiere la placidez de la suela despreocupada, que recorre las banquetas de la ciudad sin destino, al hermetismo en ocasiones sin sentido de la cómoda oficina, del billete quincenal, de una añorada seguridad imposible.

Quizá la palabra equilibrio es algo de lo que todos hablan, pero pocos gozan.

Una vez caminando en un bosque me tocó ver un tronco rodeado de mariposas, al que todas querían trepar, llegar hasta arriba, ignorando que las esperaba para devorarlas un murciélago, que con sus mamíferas alas extendidas se parecía tanto a ellas; ahora pienso que en realidad gozaron ser la digestión de llegar a la cima.

Conozco personas que conocieron a los hijos de sus patrones, y que los trataron primero como niños por años, después los vieron crecer, y ahora se les humillan, les agachan la cabeza y les rinden pleitesías, todo para preservar sus trabajos; ahora pienso que esos niños, los adultos de hoy, están convencidos que eso también significa selección natural.

Esas luchas por el estatus tienen múltiples vericuetos. Hay quienes en sus esfuerzos indecibles por alcanzarlo, se refinan catando circular los caldos selectos de la vid más exclusiva. Es un gozo tener un auto lustroso a la puerta. Disfrutar los olorosos contornos de un Eames con Ottoman negro. Pero se ganan y se pierden cosas. No cabe duda que Neruda terminó siendo un burgués. Lo delatan sus casas y sus colecciones insólitas. Recuerdo haber oído murmurar, en los barrios bajos de Valparaíso, que justamente por burgués lo habían corrido de algunos bares cutres del puerto. Él siempre quiso seguir siendo pueblo cuando ya no lo era. Su refinada manera de escalar tuvo cierto gesto de bofetada falsa, por eso nunca estuvo a salvo de todo, y no lo ayudó ni su boina gris ni el corazón en calma. Traiciona dejar de ser yo.

Aquí la quietud invade los espacios y la noche también invade estas letras. A veces uno anhela que la estupidez se haga a un lado. A veces uno quisiera simplemente ser un yo mismo. Pero desespera al darse cuenta, incesantemente, diariamente, que hay demasiadas distracciones como para lograrlo. Vemos a los lados y envidamos y tratamos de ser lo que no somos. Bostezamos, por las mañanas, y nos pesan los parpados, mientras alrededor de todo el tiempo sigue pasando. No sé. Pero a veces desearía que las palabras no se empeñaran por ser escritas.

25.7.10

La Misión

I.
Su segundo nombre era fracaso, por lo que abrazaba la gradual posibilidad de éxito como una suerte de venganza de los raros. Esa palabra: LA GRAN V, era en su diccionario algo más que un objetivo, era su segunda naturaleza moldeada a punta de pisotones reiterados: vengativo. Si todo iba bien, y no había razón para que no fuera así, el orgullo le levantaría la mano y la masa sucumbiría alabándolo.
Pero para lograrlo debía darle al tiempo la justa cadencia y dejar a un lado los modos impetuosos de su primera juventud.

¡Debo demostrarlo! –pensaba, y lo exclamaba en voz alta, con toda la boca, mientras su cara redonda se reflejaba al espejo, un rosado pedazo de carne con ojeras y dientes amarillos.

Cualquier desperfecto fisiológico le resultaba secundario. Con una sola mirada sabia identificar las ambiciones en el prójimo que provocan desvelos, o las causas de los sinuosos desajustes en el psique humana, acompañado su instinto por una ardua preparación de años. Atrás habían quedado sus tropiezos académicos, sus despistes afectivos, o el rencor que sentía cada vez que un conocido tenía fortuna. Ahora sus limitaciones mutaban herramienta. Era capaz de engañar con su tartamudeo originario, o por lo menos provocar lastima, y con una breve modulación de voz podía desnudar el rigor de un funcionario, corrompiéndolo sin compasión en la ventanilla misma. Conocedor del juego de las corruptelas, sentía la obligación de actuar, al margen de capacidades imperfectas.

Porque no es fácil salvar un país –trataba de explicarse, nunca nada me ha sido fácil. Hablaba en voz alta, abriéndose del todo como si los glóbulos oculares quisieran salirse. Nunca nada le había sido fácil. Además su segundo nombre era fracaso.
Justo en el baño donde se arreglaba se quitó la corbata porque le pareció innecesaria. Realizó una especie de acto simulado de lavarse los dientes, rechinando el dedo índice en los frontales, golpeándose después la timba a manera de tambores. Desde siempre había estado al margen de sentirse cómodo con su cuerpo. Acostado boca arriba, ni siquiera se veía los pies, y la noche lo despertaba con flatulencias intestinales que llenaban de hedor las cobijas. Tal vez de allí nació la raíz de su cinismo. Se decía fanático del horno holandés, de desenmascarar a los falsos, de confrontar al primero que asomara.

Por eso se había puesto como objetivo el poder político, y el desmoronamiento del sistema requería de medidas extremas. Sabía que no tenía nada que perder. No le importaba si los políticos se defendieran con mañas y lo amenazaran con tambo. De cualquier forma estaba solo en el mundo. Carecía de padres, de hermanos, de parientes, de propiedad alguna. El pequeño cuarto que rentaba le alcanzaba regenteando una tienda de costales de lona, donde había hecho sus primeros pininos con funcionarios de protección civil. Su potencial había crecido gradualmente, una vez hizo desistir a un policía usando la técnica del cínico influyente, hablándole firme: “lléguele maestro, váyase a molestar a otro lado, ¿que no sabe con quién está tratando?”, sucede que sirvió, mágicamente. El mozalbete era apenas cadete de la Academia, y sorprendido por el rigor, y temeroso, se lanzó a relumbrar la charola por otras calles del centro, viéndolo marcharse cabizbajo celebró con un gas hiriente.

Ese fue un acto limpio anti-autoridad, rápido cual dardo, que apenas duró un minuto. Tan fácil y tajante, que incluso le provocó una especie de adrenalina en el cuerpo de corto circuito, como cable que calcina el miembro, y entonces sintió poder, pero más bien otra cosa broto del fondo de su cerebro: por fin una luz en el camino: la posibilidad de libertarse de un contrato que él no había firmado.

La idea por fin se había fraguado: utilizando su capacidad corruptora pondría fin al inquisidor flagelo de un estado injusto e ineficiente.

Ahora se sentía maduro. Seguro de sí mismo. Y probablemente por ello, o justamente por ello, un acto de inspiración le hizo regresar al espejo, anudarse lentamente la corbata, no ya tembloroso, no ya apurado, sino la tela plegándose justa, tensándose lo correcto, un nudo impecable decorando su cabeza como un moño floreado. De ahora en adelante –se dijo a sí mismo, debía parecer presentable. Para su gran obra era fundamental parecer honorable.
II.
Era tan asiduo al tropiezo, que asumía sus breves éxitos como si fueran venganza. ¿Contra quién? Tal vez nunca lo sabremos. Además, no es este lugar para ahondar en rencores pasados, ni para justificar agravios y consecuencias, o las manías detonadas a raíz de los mismos. Aquí solamente lo que queremos es contar la historia de un iconoclasta del tiempo.
En el caso particular de él, si por alguna causa, el espejo lo mostrara desconectado de su otro yo, atiborrado de antidepresivos, en ceguera de sentimientos, él lo achacaría a los abusos que el sistema le había infringido. Su especialidad era buscar culpables. Ese cuerpo gordo, relleno de hamburguesas y de gases, era algo que él podía controlar cuando lo quisiera, según lo decía en voz alta, mirándose al espejo. Él podía terminar cuando quisiera una vida plagada de hubieras.
No debe por ello sorprendernos verlo guardar de nuevo la corbata, y seguir sus movimientos lentos doblándola en cuatro partes. Indecisiones semejantes eran recurrentes, no solo en su vida, sino en su entorno entero. Así había sido el día a día de su padre, así los cambios frecuentes de humor de su madre que apenas recordaba, así su juventud entera, sumida en una soledad creciente. Odiándolo todo, y con un hartazgo caliente a su alrededor, apenas le quedaban de placeres las esporádicas caminatas del viernes, el automático escupitajo al charco, esa expectativa visceral de lanzarse calle abajo por desvalijadas banquetas, sin más promesa que cerrar la puerta y olvidarlo todo; sus fantasmas.
Pero ahora empezaba el cambio. El haber encontrado la misión de su vida, significaba no solo la mutación a un hombre nuevo, sino el contar con una percepción dirigida, y sentir una filosa clarividencia en las ideas. Ese ideal de corromper, hasta lograr la perfección, lo había resucitado, milagrosamente. Y tenerlo definido ahora, justo ahora, y haber elegido como objetivo principal a ese político encumbrado, que en si mismo representaba todos los vicios del sistema, vitalizaba su acción, le daba fuerza a su cuello, henchía e irrigaba sus músculos, y literalmente lo hacía, frente al espejo, cual fisicoculturista colorado. Engañándolo mostraría a todos la falsedad de un títere con pies de barro. Lograrlo representaba el legado salvador de su gloriosa existencia.

Por eso, para esta situación específica –dilucidaba, el parecer decente o presentable, no sería lo más trascendente. Finalmente lograría su propósito CUALQUIERA QUE FUERA MI FACHA, de eso estaba seguro. Su anhelo era ser el mejor de los mejores, EL QUE MAS APORTE A ESTE JUEGO DE RECONSTRUCCION –según repetía en su discurso, y ni ropa ni corbata ni peinado serian factor de significancia. Importaba, por el contrario, la seguridad que imprimiera a su persona, el rigor y la cadencia de su labia, eso daría sustento al objetivo. Requería ser resoluto, directo, eficaz, como el lacónico ir al grano de Hemingway, la negrura creciente en los callejones de Chandler, cualquier frio personaje de Burroughs, más drogadicto caradura que cualquier otra cosa. Su actuar debía equipararse a la precisión de la imagen, al punto y aparte en el momento justo: el cuchillo caliente tasajeando bífida una lengua: sueño de cualquier modificador de cuerpos.

Si acaso su discurso traslucía desfachatez, sería porque no tenía nada que perder. Acabar en la cárcel no era riesgo --como lo hemos dicho, y tampoco la vergüenza o el desprestigio eran cosas que le preocuparan, eso es para principiantes menos avezados –decía, con media risa sarcástica, peinándose las cejas lamidamente, acto lineal para retomar las fuerzas. Se picaba el ombligo y un calambre en la nalga era puntiagudamente gozoso. Se sentía ligero, poderoso, pleno, implacable, capaz de alcanzar cualquier altura. No le temía a nada porque la suya era acción de otra clase, de otro propósito: demostrar, por medio del engaño y la desfachatez corruptora, los caminos posibles para regenerar un sistema. Los días de la elección presidencial estaban cerca. Su sueño era el de un loco o el acto salvador del último mesías con el que contábamos.

“Además –repetía al espejo, tan desesperados están, que por lo menos me darán el beneficio de la duda”

III.
Mientras tanto, en el centro del establishment, las televisoras ostentaban como propio a ese candidato presidencial, que ahogado en micrófonos declaraba desfachateces cínicas a grado de parodia. Sus respuestas resonaban con voz firme y ademanes calmos, confirmándose la inercial herencia del discurso vacuo de antes, los lugares comunes, manías y complicidades. Escuchar sus malabarismos verbales y sus excusas circulares, no provocaba ni vómito ni carcajada, sino el sálvese quien pueda ante el desfalco. Bien común, vocación de servicio, primero el prójimo: eran frases huecas, que ni en las bardas blancas se impregnaban. Las patrañas vueltas costumbre cosechaban desprestigio para la clase política. El país se desmoronaba en un largo abismo.

Pero el señor x, nuestro personaje, tenía la rara virtud de mantener la ecuanimidad ante cualquier circunstancia. Había vivido gran parte de su vida en este desolador panorama, y podía mantener visión, calma, foco. Reconocía que el país estuviera en riesgo, que la corrupción calara hondo, que las banquetas deshechas y todo descompuesto, que los millones de pobres, hambrientos, la educación una mierda, pero ese desmoronar sistémico no generaba en él ni los temblores del indeciso. Él tenía la certeza de que podía cambiar las cosas. No era cuestión de milagros sino de destapar la cloaca de una vez por todas. A eso había jurado avocarse. Y divagaba en la soledad de su baño, repasando una vez más los detalles concretos, los lugares, los argumentos, y el calambre hiriente desaparecía de la entrepierna después de cortar un elástico.
Finalmente todos tienen precio y eso facilitara mi obra. Eso descorrerá por fin el telón que nos nubla y nos somete.

Su monologo continuaba: su enemigo era un sistema histórico. Todo gobierno es corrupto en sí mismo, y todo gobierno está compuesto de hombres. Clasismo, racismo, desigualdad, explotación, segregación, abuso, compadrazgo, desfalco, corrupción, desorden, hartazgo, una concatenación gradual y creciente de circunstancias que naturalmente debían llegar al borde. Los vasos se llenan. Los descontentos populares se colman. Las necesidades de actuar desde lo individual necesarias. Y si un grupúsculo de ciegos ofrece resistencia, cortos de mira y limitados en sus particulares pretensiones, habrá que vencerlos desde otras armas y desde otros costados.

En labios de cualquiera de nosotros, tales palabras habrían sonado a carnaval de viernes. Pero verán de lo que soy capaz. Convencido, seguro de su oratoria, paladeaba desde ahora los días próximos en el estrado, se imaginaba arengando a la masa, convenciendo a sus seguidores, convirtiéndose en el guía que el país, que el pueblo entero anhelaba. Estaba convencido que las medidas populistas no debían desincentivarlo. Al fin de cuentas, porque se cimentaban en la lógica del engaño, en la cultura de te regalo un pan pero no te alborotes, en la lógica del pobre sometido tan hambriento, que quédese quietecito y aquí le doy su papilla en la boca. En eso se sustentaba el gobierno y de esa lógica hacían uso para preservarse. Sus acciones pululaban y las razones terminaban ventiladas. Partían desde el robo de las arcas, la compra extendida de los votos, el engaño cotidiano a los hambrientos, la mordaza al periodista, el gasto personal a cargo del erario. Eran patrañas poderosas y extendidas. Pero a las que no temía. Su propósito era distinto, su misión era otra. Él volaba a otras alturas.
Tampoco le debía importar verse opacado por las acciones del gobierno, que recientemente había destapado las cloacas corruptas de unos funcionarios en desgracia. Los que ostentaban la silla intentaban vestirse de blanco mostrando vicios ajenos, cuestión por demás comprensible en año electoral, deseaban limpiarse impolutos y distinguirse pulcros a l sonar la campana en el balcón del palacio. Esos trucos los conocía de sobra. Sabía que eran sacrificios humanos que obedecían a una lógica de legitimación a través de culpables, buscapiés distractores para la rapiña y el desfalco, que no necesariamente significaban cambio de paradigma desde la cabeza del líder. Eso nunca había existido. Las mismas fuerzas reales tenían amordazados a los tomadores de decisiones, que les eran propios, y cualquier intento por reducir sus prebendas podría significar la decapitación de los apoyos.

Pero el sistema estaba borde del colapso, los perjudicados pataleaban y debía actuar rápido. Justamente sospechaba que las ratas lo estaban observando –lo presentía, e incluso temía que lo estuvieran grabando. Mantenía por ello las cortinas cerradas, y moviéndose en sigilo ya no orinaba en la calle. Debía olvidarse de ensayos y ejecutar la acción definitiva –pensaba convencido, mientras se observaba orgulloso al espejo con su corbata implacable. Mientras tanto, al fondo del salón, sumergido y ahogándose entre la mar de micrófonos, el candidato continuaba esgrimiendo lentamente sus ilustradas palabras.
Intermedio

Una sola postal perdonen
ustedes. Sólo una simple
postal porque he ido del
timbo al tambo esta semana
con el nacimiento de las cuatas,
mis hijas. Y pues con
aquello del ajetreo sólo podré
escribirles estas breves líneas
directo del Blackberry, perdonen
la ortografía y el formato,
los liberaré por ahora de la perorata
obtusa de otros días, y
sólo contaré que con mis tres
hijos grandes, y con mis dos hijas
recién nacidas, y con Lupita
una chica que nos ayudó con
el post parto y la crianza, nos
venimos mi señora y yo en Interjet
de Juárez al Distrito Federal,
con decirles que hasta
una cola especial nos hicieron
en el gusano, estuve unos minutos
largos solo en el areoplano
porque me dieron tiempo de
acomodar todas las cosas sin
importunar de más el tráfico
en el pasillo, y pues nos venimos.
Sí, así mero.
El caso es que llené una fila
entera 26 a b c d e f sin contar
a los infantes. Y para acabar de
joderla no nos entregaron carreolas
en la puerta, porque a
los maistrines se les ocurrió
llevarlos a las bandas de reclamo,
entonces por el largo pasillo
vamos todos como exilados
de urgencia, con carros y todo
y repletos de bultos, y por suerte
llegamos bien, el taxi fue tumultuario,
los llantos son tumultuarios,
y las bocas son dos
y se cagan el doble y vomitan
también dos veces, y pues se
carga el trabajito.
Por lo que hay que echarle
la mano ami morrita y además
chambiar, y pues hay disculpen
estas breves palabras, pero
no quise dejar pasar de largo la
columna, porque el señor X,
del cuento en entregas que he
venido narrando, ha recibido
la llamada puntual de su patrón
de la fábrica de costales, y
que sí, que sí lo invita a esa
tienta de novillos que habrá en
el rancho Vaquerías y donde
estará presente el candidato, y
que sí, que sí se le podrá acercar
en confianza y comentar
sus ideas políticas, pero que
nada más se fuera con el atuendo
de rigor de bota y cinto pitiado,
que habría mariachis y
unas buenas cervezas y eso es
todo lo que puedo decirles,
porque justo ahora me quedé
solo con las criaturas unas horas
que traemos desfasadas,
así que con las dos llorando hago
malabarismos de primero
una, la sujeto fuerte y me acomodo
y cargo a la otra, la saco
de su cuna y me la pongo también
al hombro, y agarro dos
chupones, sólo dos ahora lo lamento,
sentándome en un sillón
y cada una de un lado, como
si fueran melones cargados
en cualquier pasillo del mercado,
y las empiezo a observar, se
duerme una, llora la otra y le
pongo el chupón a una y despierta
la otra y le pongo el chupón
a otra y llora la otra, en un
rítmico juego de balanceos, como
si fueran dos gotas de un
nivelador descompuesto, y apenas
me quedan deditos para
apretar los botoncitos y teclear
estas líneas.
Mensaje enviado desde mi Blackberry de Nextel.
IV.
Cuando sonó el teléfono ya estaba listo, esperando con todo y corbata que le definieran lugar.

En la otra línea la voz chillante y gangosa de su jefe, enrarecida por las fallas del celular, le dijo varias cosas, entre ellas imbécil las ventas han bajado, pero también confirmándole la invitación a la tienta en ese rancho donde estaría el candidato, conminándolo a comportarse sin importunar a los otros.

Vaya divinura de plan --pensó.

Un evento con toque revolucionario, aristocracia de antaño, el ambiente de las lidias, todo lo que le encanta a los políticos --volvió a pensar, mientras se cambiaba de ropa con desidia de movimientos lentos.

Tuvo que caminar poco más de una cuadra para subirse al colectivo. Se sentó junto a una anciana que se replegó a la ventana, desbordada por el señor x, que indiferente molestaba con sus excesos de carne. No le importaba. Estaba bastante distraído en maquinaciones como para reparar en esas y otras nimiedades.

Tal vez por ello el trayecto se le hizo corto. No se dio cuenta que el autobús salió de la ciudad, que subieron y bajaron personas, que el estéreo estaba prendido, o que la vieja seguía allí, a su lado, calcada en la ventana. El trayecto fue de casi una hora.

El muy falso hijo de puta… dijo de pronto el señor x, con sorpresa y entre dientes, lo suficientemente claro como para que la vieja se recorriera aun más, sujetándose el bolso.

El muy hijo de puta… repitió, ahora en voz alta y con todas las letras, tanto que a la mujer le crecieron grises las arrugas en su cara.

¿Pero que tanto dice usted muchacho, que está diciendo?

Lo que yo digo no le importa vieja, no me esté molestando – le murmuró, hurgándose la nariz al menos con un par de falanges, detalle que no pasó desapercibido para el chofer, que lo observó asqueado cuando pidió la parada.

Se sintió importante de ver palomeado su nombre en el listado de invitados. Tanto que con pecho henchido cruzó una sucesión de portones, comunicados con patios con arreglos florales. Había mirlos en los árboles y multitud de meseros. En el horizonte un cortijo aislado asentado en tierras de campiña cultivadas de cereal. Había un tapete terso de sombreros, allá, abajo, en un patio amplio, y cientos de carcajadas despreocupadas decoraban la plaza de tientas de la finca. Mujeres con piernas torneadas, trapos caros, lentes oscuros, hombres acompañando ávidos al escocés en la mano. Un mariachi tarareando Si nos dejan, y guaruras, con chicharos en la oreja, parecían prestos a entrar en acción, redondeando de prestigio la atmosfera del evento.

No le importó el exceso de seguridad porque aún no llegaba su momento de actuar. Todavía no.

Así que imagínenlo ustedes en el fluir zigzagueante de pasos torpes, buscándose camino por la gente. Entre mujeres que le aplaudían a una vaquilla que acudía al caballo con alegría. Entre el mariachi replicante y la viudita de Clicquot, que empecinada por abrirle las piernas a una cualquiera, era la distracción del momento. Por suerte apareció su jefe más adelante, conversando con un grupo bajo una sombra. Lo saludó cortésmente, sin ahondar en presentaciones excesivas con sus acompañantes. Solo les dijo “es una persona que trabaja conmigo”, y eso fue todo. A partir de allí se limitó a ignorarlo.

Sin ninguna preocupación, el señor x se dedicó gradualmente a balbucear en círculos que se le fueron cerrando. Alguien le mencionó alcurnia, fabricas, prebendas, empleados, inseguridad, San Diego, huelga, todo esto al ritmo verborrágico del escocés en las rocas. El señor x respondió con las palabras compadrazgo y desfalco, hablando de circunstancias que llegan al borde, que el país estaba al borde.

Hay vasos que se llenan y descontentos populares que colman --dijo.

Es necesario actuar desde lo individual para terminar con esto –repitió entre dientes.

Y se había quedado solo, y con los ojos cerrados hablaba en voz alta. Mencionó algo de los “grupúsculos ciegos que requieren resistencia”, de “grupos cortos de mira limitados por sus particulares pretensiones”. Dijo que habría que vencerlos con otras armas. Desde otros costados. Hacer algo y hacerlo de inmediato.

Seguramente en labios de cualquiera de nosotros, tales palabras habrían sonado a carnaval de viernes, y todo hubiera pasado desapercibido. Pero no fue en su caso. Porque su voz era chillona y casi hablaba a los gritos. Y además porque el candidato estaba cerca y, curioso por su perorata, se disponía a confrontarlo.

18.7.10

Trigo Limpio



Preocupa enormemente la sensación extendida de que el Ejecutivo Federal no está pudiendo con el paquete. Como probadita mediática, y rodeada de un paradójico silencio, la renuncia reciente del vocero muestra un equipo gubernamental desfondado. A nuestra crisis, de múltiples frentes, la magnífica la incapacidad del Gobierno.

Justamente me estoy refiriendo a los señoritos del PAN. Los frívolos e inexpertos arribistas. Tras una elección cuestionada y polarizada, lograron perdurarse en la cima del poder político. Con discurso cimentado en el miedo, convencieron al clasismo mexicano más atorrante, descarrilando un proyecto de izquierda, cuya fortaleza y permanencia es fundamental para redondear la transición democrática. El debilitamiento de dicho proyecto (su fragmentación) no ha hecho más que caldear los ánimos dispersos. Desde la confrontación, se frenó un movimiento que legítimamente demandaba erradicar injusticias históricas (independientemente de su líder, y de su tentación mesiánica). De allí el encono, de allí el deterioro, de allí la creciente inconformidad del País. Los señoritos no lo pueden ver, porque su frivolidad se los impide.

La potestad de configurar un equipo es parte fundamental del ejercicio de Gobierno. Nuestra Constitución faculta al Ejecutivo Federal para nombrar y remover libremente a los Secretarios del Despacho. De esa liana se aferra el Presidente ahora, acorralado, alimentado de migajas, apenas tranquilo de rodearse de un círculo pequeño de colaboradores. Los nombramientos recientes son desafortunados desde todo ángulo. La subjetiva tranquilidad del Presidente, de buscar lealtad sobre todas las cosas, es muestra de debilidad y deterioro.


Debilidad y deterioro conformando un Gobierno que ya claudicó: los solitarios de Palacio. Superados en sus capacidades y por las circunstancias, siguen administrando lo poco que les permite la otrora poderosa oficina de la Presidencia de la Republica. Entre ellos, rememoran nostálgicos sus exitosas mocedades, cantoneando a Trigo Limpio. Se aferran a los magros resultados que una alianza electoral cuestionada pudo proveerles. Con sus principios prostituidos, se regodean ante unas cuantas medallas sin brillo.

Pero aun así –o precisamente por ello, actúan a contraflujo de la evidencia, lo cual es despropósito. El deterioro institucional es problema fundamental; lo mismo el carecer de políticos rigurosos, de experiencia, profesionales. El actuar del Gobierno resquebraja desde el cinismo. Carambolas recurrentes de dos bandas, que van y regresan, que este hueso y el otro. Me parece un insulto a la inteligencia que el encargado de la promoción económica sea un especialista en derecho canónico y ciencias de la familia; a no ser aceptación tácita de que la economía es controlada por un puñado de familias, que si de corrupción se tratara hablarían con dios. Me parece un insulto a la inteligencia que el segundo hombre más poderoso en el escalafón gubernamental, haya sido hasta ayer un total desconocido de currículo mediocre.

Trivializada la acción gubernamental, se le da la espalda al rigor en la selección, a la planeación, al propósito. Con una recurrente institucionalidad mermada, se acrecienta el desprestigio de la acción política. Son solitarios en Palacio. Ajenos a la imperiosa necesidad de arriesgar capital político en busca de una ruta critica, específica y mesurable, que acerque posiciones en torno a los grandes temas en debate. Pero no hay nada más, salvo administrar la decadencia. Y solo ver simplemente pasar el tiempo, estáticos, cuidándose la espalda entre más de dos leales, solo preocupados por su propia permanencia.


10.7.10

La vida que sigue

Son dos: código binario; y los calores imaginados agrandan los pormenores de su encuentro, la suma de los unos y los ceros, el resultado de la atracción que todo lo suspende. Mesura sin embargo en lo narrado: labios, tacto, sudor, axilas: abrir la caja de sus secretos podría desunirlos, encasillaría lo no lineal de un ayer a un hoy terrenal; de un ahora, a dentro de treinta minutos.

Cuando los vi entrar al café chorreaban lluvia. Carcajeándose transgredían incluso el sopor de cualquier espera, llamándome la atención la absoluta consistencia de su instante, junto a la noche, sus ojos, su lento acariciarse, solo ellos, detenidos, formaban parte de un núcleo propio, contenido apenas por la febril esfera que los abarcaba.

Su detenido en el tiempo me llevó a pensar en ésta, y en mi anterior entrega, y en las dos semanas transcurridas cada una con siete mañanas y 24 ramales, el lento envejecer de todos los días, tragedias y catástrofes, intermedio que en retrospectiva se aprecia fugaz, pero que fue diariamente, desde la más trivial eliminación del mundial, las noches largas y momentos de angustia, inundaciones bastas, la muerte de Amparan, de quien admiraba su tenaz consistencia, estas dos semanas donde hubo patrullas explotando, la historia del cuerpo sangrante del candidato y el conclave por reaccionar, rodeado de plomo y el hermano protestando, el mejor hombre, los compromisos que se cumplen, los resultados en las urnas, la lluvia, tanta triste llovizna, el pulpo Paul y el desazón de tantos, las alegrías y las tragedias, los huesos que duelen, y la espera de ellos por esta noche –su noche, su cita, mientras tanto, donde el rasgo de sus huellas pareciere lo único importante.

Los observé compartiendo el postre, mirándose a los ojos, tomándose del brazo, y los vi sorprendidos al irse la luz, como si la penumbra los hubiera convertido en trémula estatua, convencida, quejándose ella de no haberse conocido antes, en una ciudad de veinte millones de habitantes. Ignoro las catástrofes por venir, pero ellos parecen más que protegidos. Hediondos en sus caricias, más que resguardados. La chica se yergue a todo lo largo, como un arco africano, quitándose la camisa cual lanza rijosa descalza, mostrando al aire sus dos negros pezones. Con una diadema plateada, en vez de gemir, murmura; y la luz no vuelve, y la noche parece más lluviosa, aun.

Pero entre ellos no hay más palabras. Ni ventisca, ni rubor, ni línea de contacto con aquello llamado vida diaria. No hay ni siguiera sorpresas o catástrofes, ni rasgos visibles de lo que se espera, ni promesas o angustias, ni ápice de diarias ambiciones que no dejan vivir. Ellos, sucediéndose en el tiempo, se detienen al momento en su entrega plena. Sumidos, se ocultan de las sombras que la noche les provee, y entre ellos no hay más palabras. Fluyen viviendo solamente en su centro, ajenos de la noche y sus extraños sonidos, de la lluvia y de los trasnochados que mueven desesperados la cabeza por no ser nadie, por tratar de conseguir tal vez lo imposible, lo inalcanzable, pero que al no encontrar nada siguen caminando, desorientados, la noche entera, hacia un amanecer del cual desconocen sus presagios.

18.6.10

Capitulo I: Espejitos en venta

Un administrar la decadencia, un saqueo previo hundimiento, una incapacidad busca-excusas, una enconada división de clases, un sálvense quien pueda, un des-orgullo decaído, un país de rodillas.

¿A poco piensa usted, que ganar el mundial, nos sacará del hoyo?

Pero mientras más distracciones existan, mientras más circo nos invada: mejor para nuestra clase política. Así verán desviada la presión que les aqueja, encontraran oportunidad de reorientar su propio destino político, de consolidar tejemanejes antes del precipicio, preservar lo propio, zancadillar al prójimo, resistir el desgaste. Con las elecciones cercanas, pareciere el Presidente intentar capitalizar a futuro, desde Sudáfrica, un posible éxito de la selección, la última baraja que le queda, la apuesta de engañar de nuevo a este pueblo de descerebrados.

Porque en época de futbol, y con violencia en escalada, es más que evidente la alianza redonda por lo no importante. El pasado viernes la selección mexicana paralizó todas las actividades gubernamentales, escolares, de negocios y hasta las campañas políticas. ¿Podemos creer semejante despropósito en esta tierra tan convulsionada? Solamente es posible entender este hecho irracional, visitando al sicólogo de masas. Su diagnostico dirá que existe una masa harta de la cotidianidad, buscando el olvido, permanentemente. Esta alianza entre el gobierno, las televisoras, el futbol, el mundial, la comercialización, propaganda, y sinfín de vericuetos, está pensada para idiotizar al pueblo con su opio redondo, con el jabulani de gajos.

Realmente me apena el nivel de estupidez, lo ridículamente idiotas y enfermos que estamos todos los mexicanos con estas distracciones estériles, incluyendo al que escribe estas letras, que también gritoneo entusiasmado desde temprano, también futbol picante por las noches, también las noticas del empate en los diarios del día siguiente. Lo reconozco: yo también quiero olvidar y evadirme de lo cabronamente duro que esta todo esto.

Cierto: la vida no se puede tomar tan enserio –porque terminaríamos enloquecidos. A mí no me lo tienen que recordar. Les aseguro que siempre he sido un mago para la disipación y el ocio. Pero eso de estar idiotizados hasta el cuello, en un estatismo agónico, en una inmovilidad de no hacer nada, en un miedo perenne, es más de lo que un cerebro medianamente prudente puede aceptar.


Nunca pensé ser aguafiestas, e incuso nunca pensé verme capaz de escribir estas líneas. Pero realmente me duele el corazón al reconocer mi deseo: quiero que la selección regrese de Sudáfrica pronto. Mi estomago me pide victorias, pero mi cerebro me pide no actuar desde el impulso. Ante este opio de masas, irnos bien en el mundial será seguir anestesiados, reivindicar la mierda que asiste a los directivos, a todo el futbol, y dar espaldarazo a un presidente que se enfrascó en una guerra perdida de inicio, y en la cual ya no sabe ni dónde meterse, al frente de una administración que ya no sabe ni que hacer.

Quiero que perdamos pronto. Realmente no quiero que existan obstáculos ni distracciones para este deterioro político que tiene que orillarnos al cambio. Urge darnos cuenta tajantemente de los espejos en venta, de las falsas promesas que nos pintan la cara, de la forma en que los poderosos se aprovechan de esta nuestra estupidez tan dolorosamente histórica, de este México tan burdamente engañado.

6.6.10

Monologo adormilado

Intentar descifrar la vida haciendo el recuento: lo que observo o acaricio al despertar, mi respirar, mi sentir, las probabilidades remotas de éxito que se tornan realidad, la sopa sorpresiva que cae del plato antes de llegar a la boca, mis memorias, la historia de nosotros juntos hiriéndonos.

Nuestra relación nació como una frágil incertidumbre sucediéndose. Un acontecer súbito, que de inicio carecía de pretensiones, de cualquier búsqueda de resultados concretos, de pago de fianzas o prebendas prometidas. Era un simple chocolate amargo derritiéndose en los labios. Una cama sudorosa que compartíamos por la mañana, ella a mi lado, afuera los arboles lluviosos meciéndose, los observábamos desde el ventanal del cuarto, con un frescor apenas perceptible, no tanta luz, nublado el cielo, y calle abajo un par de chavales que brincaba en los charcos, todavía con esperanzas.

No había frente a nosotros ningún auditorio, solos nos encontrábamos en ese cuarto lluvioso, pero aun así su voz no paraba, seguía y seguía, sin distraerla ningún ruido exterior, sin apagarla, un susurro tenue invadiendo las paredes.

--Quiero estar siempre en otro lado. Recuerdo que de niña me mordió un perro la pantorrilla y tuve que correr calles y más calles, hasta que me di cuenta de todo lo que había corrido, por lo sudada que estaba. Mi pie y el calcetín y el zapato llenos de sangre. Tuve que descalzarme allí mismo, y seguir corriendo y correr, era entonces cuando mi padre no estaba con nosotros, así que no tuve nadie con quien ir.

--Nunca he estado cómoda en ningún sitio. Probablemente lo heredé de mi padre que se salía todas las mañanas a vagar por la ciudad, y no lo encontrábamos, y una vez llegó todo golpeado y sangrando, le preguntamos que le había pasado, no nos contestó, se encerró en su cuarto y allí pasó algunos días, se fue luego y no volvimos a verlo en cinco años, un día tocaron la puerta y apareció con su misma sonrisa, mi madre aseguró que era su misma ropa, pero eso ya no lo supimos de cierto, ella lo dejó quedarse dos años más con nosotros, hasta que volvió a desaparecer.

Yo la observaba hablar, la veía con sus pestañas cerradas, con su pelo desparramado en la almohada, deteniéndose, con los labios sellados. Pero no la entendía. Esa separación tan profunda entre nosotros, nunca supimos desenterrarla. Desde el principio la percibimos ignorándola, tal vez porque las posibilidades reales de reiterarnos habían sido ínfimas, tal vez por ello dudábamos que lo nuestro derivaría en un algo mas, arriesgándonos a nulos resultados.

Más de pronto entre nosotros se fue formando un todo que fluyó despiadado, que terminó amalgamándonos, y de aquellas calles en que nos conocimos, de las plazoletas de los primeros años, surgió la esperanza que aun ahora nos da de beber. Pero después vino el infortunio, nuestra separación brutal, y de esos primeros tiempos solo quedaron retazos de lo que éramos, trazos tenues borrados por la memoria que no perdona. Después de años de soledad regresamos a nosotros, por causas que tal vez ahora ni siquiera comprendemos. Aun tenemos objetos domésticos que recelosos observamos con desconfianza.

A partir de entonces vino una calma engañosa a nuestra relación, la calma chicha como en Sudamérica le nombran, y después de otra marejada de infortunios, se nos mostró la reconciliación de estos años, que avizoramos definitiva. Sabemos, sin embargo, que todo recorrido tiene escollos, y que hay jugos que en el vaso se tornan amargos. Tenemos la sospecha de ser mutuos, y sobre ella hablamos, y a ella nos clavamos como estacas. Acaricio sus tobillos al encontrarla dormida, e ignoro si no se despierta por alguna insensibilidad del sueño, o por un deseo de no descorrer un velo que prefiere cegado. Ella parece por fin calmada cuando está dormida, y es entonces cuando yo quisiera que nada pudiera sacarla de ese sueño suyo. Tal vez nuestro estar es fruto de una cómoda situación de la que no queremos despertar. A veces pienso que nunca llegaremos a ninguna parte.

En medio de nuestro drama, nosotros, nos creíamos fundadores de todo, jurábamos haber puesto el primer ladrillo. Aun conversando por las mañanas en silencio, viendo llover los arboles, a mi lado su cuerpo sudoroso, que parece toalla encendida, blanca recostada, un espejo de agua, cristalino, y todo nuestro alrededor es una atmosfera de reflejos, de complicidades y esperanzas, del recuento de lo ocurrido en nuestra vida.

Pero en nuestra fragilidad no hay ninguna certeza: solo el temblor de piel que reconocemos venir, súbitamente, y al cual nos aferramos como estacas.

30.5.10

Copiloto

Carajo -pensé, vaya calle oscura y sucia. Ningún alma. Solo algunos árboles terrosos.

Buscando compañía prendí la radio, y esa voz de locutor, gangosa y garraspeada, con ecos campaneó al interior del auto. Me molestó de inicio su arrastre de las erres, tanto que presioné el botón, casi golpeándolo. Para mi sorpresa, la otra estación se peinaba con su copete relamido, y también en el AM mostraban su concurso de garganta. Busqué otra sintonía a la izquierda, o cinco señales al frente: y siempre su voz ronca en todas las estaciones: "si tu..., nocturno: acompáñame, siénteme dentro de tu auto, este es tu spa: yo soy tu copiloto".

Carajo -pensé, este totalitarismo sí que va en serio.

De pronto el semáforo se puso en verde, mientras él hablaba del clima: acelere. Mi nave era metálica y las calles se alargaban: túnel oscuro tapiado por su sonsonete modulado, sueño de publicista gubernamental que aleccionando arrullaba. Algo dijo de la colección de pashminas de la primera dama, y de su buen gusto; algo de la declaración del procurador, que confirmó en definitiva la muerte accidental de esa niña en el colchón; algo de los índices optimistas de crecimiento para el cierre del año; de los resultados de futbol, obviamente, y de las actividades del presidente, que había sido recibido con honores inusuales por su homólogo en el extranjero. Su coco-wash era embrutecedor: el país iba bien: la contención para que la prole no explote en su miseria diaria.

Precisamente su voz moldeaba un discurso superfluo: como hablándole a un pueblo oculto e ignorante, asustado, escondido, la calle vacía, los arboles terrosos. Una calle recta de kilómetros extensos, un lineal trayecto que contrastaba con un mensaje disperso y desconcertante, con tintes de miedo que ya la media noche alcanzaba, el recuento de los operativos y los muertos en los estados fronterizos, los indicadores concretos de la guerra que vamos ganando, y la voz de nuevo –garraspeante, con su colofón de gloria: "no te me vayas..., no te alejes..., siénteme a tu lado, este es tu spa: yo soy tu copiloto".

Mierda –pensé, que buen trip.

Y estuve cerca de golpear el botón y apagar su discurso, más el morbo me contuvo–obviamente: ¿Cuál cosa es más eficiente para mantenernos quietos?

Permanecí escuchando porque ahora hablaba algo de la madre de esa niña, que según esto le prestaba las nachas al entrenador de su gimnasio. Y así me quede enganchado, tamaño error. Porque después mencionó de nuevo sobre las órdenes gubernamentales de no salir a la calle. Del toque de queda. Del riesgo existente ante los grupos represores, y eso lo repitió, frente a una luz amarilla centellante y una luz roja, en la cual tuve que detenerme. Algo escuché que dijo sobre unas caras escondiéndose detrás de los árboles. Vi una torreta amplia y dos rifles que irrumpieron a mi izquierda, con cachas de plástico, sacándome de las greñas del auto, mientras esa voz ronca, que ahora tenía tintes cínicos, hablaba de tu propia historia, de esa que no veras y que tendrá que suceder junto a la violación del yo, porque ahora solamente tienes en tus ojos una oscuridad de capucha negra.

Entonces tratas de acordarte de las curvas. Tratas de identificar los sonidos, algo que te indique el camino, que te permita reconocer el dónde. Te desorientaras, sin embargo. Solo habrá un largo camino, una terracería, unos ladridos lejanos, y la respiración cercana del frio cañón de un arma de fuego. Tratas de adivinar las voces. Caminas unos metros, bajas una escalera, te desnudan a la fuerza, y en una cama de fierros comienzas a recibir un corto circuito en los genitales. Sabes ahora que es cierto, y sabes cómo duele eso, de lo que siempre te hablaron. Ahora te hace sentido la posibilidad de infertilidad. Un molinete de dolor te acupuntura las bolijas, y un alfiler caliente te entra por el orificio de la orina. De pronto, un mazo de nudillos sacude el bolso donde tu cabeza se guarda, un impacto sorpresivo, que la nariz te rompe en pedazos.

Carajo –piensas apagando el radio. Mejor me estaciono y me acuesto y me guardo. Aquí no se puede ni vivir tranquilo.

22.5.10

Acceso Gratuito

Fueron solo dos segundos. Un breve instante de luz, en el que a la izquierda de la puerta, vi sus ojos adoloridos y un cuchillo tasajeándole el pulgar a lo largo. Esa violencia, tajante y continuada, me convenció de vivir más allá de una metáfora de locura insana. De vivir sumido en el pragmatismo estático que brota de lo descompuesto. Entre un sembradío de cabezas agachadas.

Resulta que lo que quiero contar con estas palabras sucias ocurrió en una mañana, en un parque, con gritos y calor y viento y árboles, que moviéndose tiraban sus hojas. Ocurrió en un sábado cualquiera, al fin de cuentas, en el que me había despertado igual que siempre, apesadumbrado, como todos los días. Otras veces me quedo por las mañanas acostado, tirado, viendo el techo, o toqueteándome el frein, pero ese día no sé porqué me dieron ganas de ir al parque, a la casa de los espejos. Así que me puse cualquier cosa y me tiré a raspar la banqueta.

No sé ni porque quise ir, pero en esas andaba, calle abajo pateando la lata. Probablemente quería comprobar lo que me habían dicho. Que el sitio de los espejos se había fundido ahora con el parque. Que ya no solo allí adentro veías adelgazar tu cuerpo mutilado. Que ahora el morbo y la confusión convertían la vida cotidiana en cuchillada al hígado.

Así las cosas llegué al parque, y cruce la larga alameda, solo escuchando mis lentas pisadas, y lo digo para regodearme en lugares comunes --obviamente, porque eso no puede faltar en un texto. Si usted habla de una atmosfera acá medio tenebrosa, y como que acá medio tensa, y si es que acaso anda en un parque --tal vez solitario, escuche las pisadas que lo acompañan, lentamente.

El caso es que por allí me detuve con el de los jugos por aquello del estomago vacio, y porque su changarro colindaba con el sitio de los espejos. Rodeando el muro te encuentras a los indecisos de la entrada, así que allí queda cerca. ¿Además, a quien le importa si el colega lavó o desinfectó los vasos, si esa morena que lo acompaña está bastante potable?

Le pedí un jugo desganadamente. Me preguntó de qué. Le dije que de naranja, y asintiendo sacó las pelotas a trabajar de automático. Presionaba el extractor, y levantaba la cara y cerraba los ojos. Algo oí que murmuraba de unas cabezas encontradas en una hielera. Después vi que de sus dedos brotaba jugo lleno de semillas, que bajaba en un hilillo por la pata de la mesa a la alcantarilla del costado. La morena a su lado, de nariz larga y curtida de carnes, me tenía el cerebro licuado. Bien abastecida de cuartos traseros era potranca de fierro. Hasta el hoyito de su codo era lindo, la condenadota. Cruzamos un par de miradas, y hasta llegue a pensar en presagios de pasiones compartidas. Pero sus aretes deslumbraban con el brillo peligroso que despierta la conquista de lo ajeno.

Me despabiló el golpe seco de su cuchillo en la tabla. Así que no quise indagar más, para que ir más lejos, y mejor le pasé unas monedas esfumándome. Recuerdo haberlo visto metérselas a la boca y escupirlas al cesto. Para que detenernos en pequeñeces, más si la buena nueva es el acceso gratuito a los espejos por orden del gobierno. Tal vez actuaron desde un realismo cínico –pensé, al entrar a los espejos, en un pasillo oscuro donde sentías que te arrancaban el alma.

Allí adentro me sometí al desfiguramiento de una hoja blanca rayoneada, que terminó siendo ilegible. A los abismos de un rostro deslavado. A la cabeza cortada por la desaparición del yo. A la cara deformada con cadavéricos dientes. A todo lo que tatúa, calca, hiere, lastima, carcome. Más no reparé, no huí, no me escondí, no me doblé.

Hasta que al salir de los espejos sentí ese momento de luz. Ese breve instante de dos segundos, en el que vi sus ojos adoloridos enmarcando su nariz azteca, el fino hilillo de sangre chorreando a la alcantarilla, y en el que entendí, sin duda alguna, el porqué de lo gratuito por ordenes del gobierno.

16.5.10

Llave Oxidada

Con los dedos manchados de oxido y sin agua que brote. Intentando pensar inmóvil frente al teclado (porque escribo en un teclado), sin que las letras fluyan. Con las temáticas agotadas a costa de desilusiones, por los juicios del mismo estomago, la consideración con los lectores, o todas las cosas juntas, que sé yo; el mundo está plagado de escusas. La vida diaria es torbellino de cambios raudos, y esta carretera mediatizada de impulsos no es lugar propicio para frenar un segundo, decir aquí estoy, esta es mi historia y aquí trato de encausar una filosofía personal de significados, y en consecuencia escribirla.

Sentirme ofuscado, precisamente equivocado. Por la mañana me pesan los parpados y así permanecen todo el día. La particular referencia al “torbellino de cambios raudos”, a la imposibilidad de freno, tiene más bien tintes de no poder del fracasado, que cualquier otra cosa. Finalmente nunca hubo ni habrá un todo clarividente y transitable, colega. Así que crezca, confórmese, retome la fuerza y escriba desde el instinto. Nunca la luz clara fresca de la mañana bañara los balcones. Todo es un único montón de carne cruda: lo contrario es manifiesto impuesto por un idealismo de banqueta. Mejor agárrelos del cuello y arrójelos al cesto, colega, a esos idealismos. Déjese de pequeñeces y chúpese los dedos, colega. Arránquese con la lengua rasposa las manchas de oxido, y póngase a escribir, hijísimo de la gran puta, que la realidad lo abofeteé hasta que la sangre aparezca.

¿Me creerás -me preguntó ese amigo, que esta vena mía se tapó de tanto acumulársele la grasa, y espero no sea la yugular, porque en dos años habré muerto?

Nos veíamos de frente, y su ademan era de ambos puños entreabiertos haciendo una manguera. Y me insistía hablando de su vena taponeada, y me mostraba su blackberry, y hacia de nueva cuenta el ademan de la manguera con los puños. Entonces yo entendía que no estaba refiriéndose a los aconteceres carótidos de un infartado. Sino a su nostalgia de no recordar en esencia sus vínculos pasados, cuando la lejanía todavía existía, antes que su mundo desapareciera para siempre.

Eso es lo que me duele –me decía: la forma en que he cambiado, que todo alrededor de mi se ha trivializado, que yo mismo he perdido consistencia. Es como si esa vena mía que me exaltaba se hubiera tapado para siempre. Ahora vago desilusionado de lo que me he transformado. Y no entiendo ya donde esta mi lugar y mi sentido.

Animales, sujetos al destino de los impulsos exteriores, nuestro ser fluye cambiante, solitario, resistiendo los golpes que no menguan, como los de aquél hombre de Vallejo, que solo vuelve los ojos tristemente cuando por sobre el hombro le llama una palmada. Entonces desearíamos entender. Más solo encontramos, sobre la bandeja de nuestros dedos, unos huesos frágiles y enflaquecidos, e intuimos que algo anda mal, y tomamos conciencia de nuestra intermitencia sin remedio, y del acoso del paso del tiempo que hiere hasta enflaquecer las fuerzas, llevándonos por fin a reconocer que vamos camino a que se acabe todo, y que ningún consuelo es suficiente, ni siquiera el carpe diem del romántico de sombrero alado, porque enfrente esta el espejo de nuestra cotidiana soledad, que con la crudeza apropiada nos muestra la verdad debida.